domingo, 12 de agosto de 2018

Un libro que no he terminado (El plantador de tabaco - John Barth)

Fragmento de la portada de la edición de Sexto Piso
He aquí un nuevo Quijote, la historia no de un caballero nacido luego de leer muchas novelas de caballería, sino de un poeta nacido luego de leer mucha poesía. El nuevo Homero americano (nacido en Estados Unidos de América, pero criado en Inglaterra tras la muerte de su madre), un tipo alto y flacucho que parte en busca del amor, la fortuna y la fama que pueden traer sus fabulosas palabras; hombre de repentina fama, adquirida por cosa de un título futuro entregado por un Lord en declive.

En su ineptitud, Ebenezer (nuestro poeta) se enamora, sin ningún motivo particular, de una prostituta amiga de la taberna en donde suele ir a escuchar las tertulias de "intelectuales". Ella se ofrece insistente mente por un pago reducido y él se niega en nombre de su profundo amor. Aun que no sucede nada entre los dos más que el tiempo que comparten en la pugna por llegar a un encuentro carnal que nunca llega, a Ebenezer le cobran (a un costo bastante alto) ese intento por hacer que pierda la virginidad.

De ahí arranca su travesía llena de palabrería adornada, poca profundidad e incertidumbres nacientes de historias inconclusas. Saqueos, robos, reclamos, hay de todo en el camino que emprende a Maryland, la tierra prometida de su padre, en la que debería ser capaz de crear un poema épico que hable de la gente, la tierra y las maravillas encontradas en ese paraíso terrenal que se supone que es el nuevo continente.

Pero yo me quedé en la página 245. No avancé más de ahí invadido por un cansancio extremo. De ser un poco menos persistente, habría dejado la historia muchas páginas atrás. Aún así, la idea de que eso no es ni la mitad (ni un cuarto) del camino para llegar al final de la historia me abruma. Quién se pueda esforzar tanto para llegar a la conclusión, que por favor me lo diga.

Ahora, puede que no sea culpa del libro. Puede ser pura cosa mía. Yo, que no tengo las energías suficientes, que ahora necesito es el respiro corto pero denso de las novelas cortas, que no tengo cabeza para concentrarme en una sola cosa, sino que voy saltando de pensamiento en pensamiento en busca de un asidero. Quizá, cuando mi cabeza se calme, pueda volver y sentarme al final de las tardes a leer una página tras otra. Quizá significa que solo quizá.Es muy incierto, porque, aunque para todo hay momento, hay cosas que se intentan una sola vez en la vida y de ahí en adelante uno no se las vuelve a encontrar. No me da miedo que no vuelva a intentar este libro, pero una cosa siempre recuerda a otra, así que también preferiría no dejar la lectura incompleta, solo para no recordar que ahí se quedaron cosas pendientes.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Arrasad las semillas, fusilad a los niños - Kenzaburo Oe

Un fragmento de la portada
No tiene pelos en la lengua este hombre al momento de hablar de la intimidad que viven seres humanos amenazados constantemente por la muerte. No teme comenzar su historia con unos niños que muestran sus circuncidados penes a las señoras del pueblo campesino local, ni teme que esos mismos niños hablen de cómo desearían encontrarse con algunos cuantos cadetes para pasar una noche calurosa. Son niños, solo se los denomina así, no se dan edades, no se los describe mucho, así que son solo niños, pero ellos hablan así.

Minami tiene que aplicarse un ungüento cada mañana en el ano pues la última vez que vendió su cuerpo quedó resentido. El niño es la imagen de la irreverencia; intenta escapar en varias ocasiones, arrastra a otro con él para después dejarlo a su suerte y despreciarlo por resultar un lastre más que una ayuda, se pelea con los otros muchachos por la supremacía y, aunque pierde, sigue buscando el ángulo desde el cual puede disparar sino golpes, por lo menos palabras asesinas. Y ese mismo espíritu invade al de todos los niños que "profanan" los hogares de los campesinos que supuestamente tienen que acogerlos.

Es la Guerra, pero no solo la mundial, sino la de supervivencia entre gentes de un mismo país. Los campesinos son detestables, unos seres envidiosos, agresivos, temerosos de la diferencia hasta el punto de creer que unos simples niños traídos de otro lado pueden ser el augurio de una tragedia. No les importaría matarlos a todos si no fuera porque necesitaban mantener una imagen; así que solo muestran un poco de sus intenciones y van desahaciendose de lo que pueden. Primero los abandonan a su suerte, luego los ajustician como criminales. Lo que sea a su mayor conveniencia será el resultado final, la realidad.

Nuestro niño narrador es el hermano mayor de todos. Solo es el hermano real de otro niño -que es su hermano en toda la historia,  y que todos los demás niños llaman "tu hermano", así que nunca sabemos el nombre de ninguno de los dos - y a pesar de todas sus acciones por apoyar al grupo, no todo en él es bueno. Resulta ser un violador, un muchachito orgulloso y que repudia profundamente lo intentos de otros por aplacar su virtuosidad. Qué admirable, ha de pensar él que es. Y al final solo queda la desesperación.

Si habláramos de justicia necesitaríamos concluir que eso no existe. Que la justicia se la inventaron y la dejaron tirada en algún lado cuando empezaron a contar esa historia. La justicia resulta ser algo con lo que no se puede hacer nada. Nunca nadie puede hacer nada. Nosotros no podemos hacer nada.

Ojalá tuviéramos más la capacidad de decir las cosas de manera tan cruda como él. Sería bueno seguir el ejemplo y dejar todas las rocas levantadas, en vez de ocultar en artificios los miedos y los secretos oscuros que pudiéramos tener. Posiblemente nos mataríamos unos a otros del dolor, pero sería mejor que morir engañados.

Aunque, quizá, podríamos aprender...

Explicación

Al final, lo único que poseo en realidad son las palabras que junto y, por asares de la vida, hablan de mi, los demás, y cosas que nada tienen que ver con el mundo real.

Siempre que escribo hablo sobre mí. De alguna manera, así no lo quiera, termino inserto en lo que he escrito, pensamientos y sentimientos que se filtran son obsesiones con las que lucho, pero que a fin de cuentas no puedo controlar. Si nombro la tristeza, es porque la siento; si hablo de la soledad, es porque la siento. Y puede que desde lejos parezca improbable que sea yo el que experimente mis historias, pero no se trata de las historias en sí mismas, si no lo que evocan.

Y no importa si no ves donde estoy. Si lo que yo te cuento genera algo, una duda por lo menos, ya estoy haciendo algo bien. Ahí es cuando hablo sobre ti. Si al leer alguna cosa que escribo tu necesitas detenerte a observar por la ventana, tomar una pequeña pausa o comunicarte con alguien para confirmar que las cosas siguen como son, creo que estoy haciéndolo bien. Habría logrado convertir mis experiencias en algo con lo que otro se pueda relacionar, aunque por mi no haya ningún miramiento.

Aunque hablemos de artificios apunto a ser sincero en toda situación. Así me auto-proclame charlatán, así diga que la mitad de mis palabras son inventos, quiero atenerme a la verdad. Pero la verdad no es solo lo que diga al pie de la letra, son los motivos detrás de una palabra, de una pregunta indeseada.

¿A dónde llegará lo que intento decir? ¿A quién llegará?

De todas maneras hay que recordar que todos hablamos a alguien directamente, así sea a nosotros mismos. Cual sea el mensaje ya se definirá. Hay que seguir intentado llegar lo más lejos que la voz alcance.

domingo, 5 de agosto de 2018

Atrapado sin salida - Ken Kesey

Un rostro de portada

No sabría decir exactamente por qué me costó tanto leerlo. Al comienzo pensé que era la edición. Oveja Negra, 1984. Un libro de letras apretujadas y tinta ligera que parecía que se borraría si solo pasaba mi dedo sobre las letras. El contraste con libros que acababa de terminar (por la comodidad del formato, por lo nuevo de su estado) quizá me frenó un poco al regresar a esas ediciones que leía cuando estaba en la universidad, las que compraba en los agáchese de cuarta mano, donde siempre había una oportunidad de encontrar una joya de libro con dedicatoria de amor eterno para Elvira, quien había terminado por regalar o vender el preciado título.

Cuánto he degenerado, ahora que no busco con la misma emoción esas historias secretas que se esconden tras las portadas de os buenos libros. "Te entrego estas letras que no son mías pero al leerlas pienso en ti y pareciera que las hubieran escrito por mi para ti".

Ayudó mucho mi afán por regresar el tomo a su dueña el que hubiera logrado terminarlo. Tenerlo listo era una excusa personal, pero entre más me acercaba al final menos quería regresarlo. Igual lo tengo, igual quiero devolverlo, pero en el fondo permanece la historia. Esa no me puede abandonar, así que puedo dejar el os dobleces de la portada, donde se ha caído la pintura, regresen a su dueña sin problemas.

Ahora, no sé si mi voz pueda llamarla y hacer que se de cuenta que estoy aquí, con su libro en la mano, esperando a que me lo reciba de una vez por todas. ¡Ven aquí! ¡Ey! ¡Te estoy hablando! Parezco el Jefe, narrador de la historia, que guarda silencio en estos momentos porque en el pasado por más que hablara, gritara o lloriqueara, nada  parecía llamar la atención de los "adultos".

Incluso cuando habla por primera vez en diez años parece una cosa de fantasía. Parece un hecho que no estuviera sucediendo. La conversación en medio de la noche que sostuvieron el Jefe y McMurphy parece una fantasía de las muchas que el loco que nos cuenta esta historia tiene a lo largo de la novela. Las primeras palabras que dice no son palabras, son la historia de que dice las palabras. Las siguientes palabras que pronuncia son el desgarrador sonido del silencio que se manifiesta por fin y de ahí en adelante es el dolor que padece lo que traduce sus palabras, dolor que los otros locos entienden y pueden interpretar. 

¿Cómo podría ser de otra manera? ¿Cómo podría ser que la locura no fuera colectiva y hablara u propio idioma? De hablar como todos los demás, la Señorita Ratched habría armado tremendo escándalo ¡Y este indio! ¿Qué? ¿Cómo es que habla? ¿Después de todos estos años? Eso era lo que me imaginaba, pero no sucedió en lo más mínimo.

Solo podía ser que hablaba en otro idioma, o que ella también estuviera loca.

Supondría yo que parte de la degeneración es considerar que yo también lo leo en otro idioma, y por eso me parece de fantasía que el Jefe pudiera decir algo en realidad. Así que hasta que no descubra en que idioma es que me parece de lo más natural que él diga palabras, yo también podría preguntarme si estoy loco.

La verdad

Ahora que me pongo a pensarlo, nunca he sabido controlar muy bien mis sentimientos.

Cuando llega el momento en que algo empieza a surgir temo el resultado porque, en general, termino yendo a los extremos. Amor profundo, odio profundo, tristeza profunda, profunda decepción, profunda alegría. Ciclo, de tanto en tanto, entre mis sentimientos más fuertes dependiendo de lo que suceda. Y si la incertidumbre ataca, salto de un lugar a otro, buscando una seguridad que muy probablemente no voy a poder descubrir por mi mismo.

Estaré iracundo, mantendré la calma, lloraré en la oscuridad -completamente compungido, herido sin reparo -, gritaré cuando no pueda más, o estaré muerto de la risa, entre dolores de estomago algo espasmódicos. Pasaré de un lado a otro con la velocidad de un rayo y todo para encontrar un asidero. A ver si en alguna cosa puedo sostenerme un poco, a ver si alguien se apiada de mi y con una palabra me libera de no saber qué está pasando.

En general, quienes me conocen, saben que sobre todo tengo una opinión. Pero eso no necesariamente significa que tenga un interés o un conocimiento. No me interesa mucho la vida de los demás. En general pasan desapercibidos los nombres de aquellos con quienes convivo, se vuelven todos caras difusas que traen a mi la imagen de sus preguntas, pero nunca la de sus propias identidades. Así es también con lugares, objetos y acciones.

No quiero ir nunca a ningún lugar, no me importa cómo sean las cosas, no quiero nunca hacer nada. O, por lo menos, no me nace en lo absoluto. Si me encuentran sentado en una banca de un parque, mirando las hojas viejas de los árboles que caen, tapando el camino de regreso a casa, van a darse cuenta que estoy allí por estar. Si me preguntan alguna cosa, responderé con el entusiasmo de quien encuentra un hueco y no soporta dejarlo vacío. No me nace, no me interesa y no lo hará.

Pero, cuando es al contrario, y lo saben quienes me conocen; difícilmente puedo liberarme de la pulsación que me impele a buscar desesperadamente lo que mi corazón anhela. A quien le haya dicho alguna vez que la quería, cuando lo dije lo decía en serio. No había nada que no hiciera para lograrlo, así fuera desde la distancia eterna. Así fuera desde la imposibilidad. Es lo que sigo haciendo a quien digo que yo quiero. Desesperadamente.

Y digo que no puedo controlar todo eso porque se nota en mi mirada. Ahora que lo pienso, siempre se ha notado en mis expresiones, que son usualmente planas, desinteresadas, pero que se transforman nada más empieza a subir la presión de mi pecho, empieza a atacar el frío en mi cabeza y se arma el nudo de mi estómago, que dolerá hasta que tenga una respuesta sobre la que yo pueda tomar una decisión. En grandes niveles, sufro, aunque no quiera, aunque me diga que no debo hacerlo, aunque encuentre que no tengo motivo alguno.

Así que si alguna vez me dejaste con alguna duda, si alguna vez hiciste algo que preferías esconder de mi o que su significado solo se me revelaba parcialmente porque no me dabas toda la información, te lo pido, completamente desnudo en toda la debilidad que esto me pueda causar, sácame de la duda.

Si por algún motivo crees que no me he dado cuenta, que no me puedo estar preguntando sobre el asunto, deja de engañarte. Todos sabemos que me doy cuenta así no quiera. Que observo las acciones de los demás así no sepa que hagan, que estoy distante y callado no porque este lejos, sino porque estoy demasiado presente, al tanto de todos los movimientos, incluso de los que no tienen significado.

Así que sáquenme de la oscuridad. Es mejor de esa manera. Ayúdenme a pararme en la luz. Dejen que yo sepa lo que no han querido, así me haga daño, porque no hay daño mayor que yo pueda sufrir que no saber, que dudar, que intentar creer en una cosa cuando mi interior me dice otra.

Todos podemos hacernos el favor.

jueves, 31 de mayo de 2018

Y que no digan que no lo intenté


A mi no me gusta el fútbol para nada. Qué pereza, deporte tan soso y aburrido en donde uno solo debe mirara a veintidós tipos en pantaloneta corretear de un lado para otro tras un balón.

No hay peor plan que ver un partido de fútbol. La pantalla, los comentaristas, la emoción injustificada y esas pequeñas riñas de apoyo no se alcanzan a pagar, normalmente, en la comida y la bebida. Iría en alguna ocasión a un evento de esos, pero tendrá que ser para verme un rato con una chica que me guste mucho, o un favor para alguien desesperado que no puede evitarlo.
Nunca dejaré de sorprenderme la arcaica pasión con la que muchos de mis amigos y familiares se sientan a mirar a esos tipos intentar pasar el balón por la meta cual fueran ellos mismos los que jugaran, una pasión tan fuerte que, de tanto en tanto, querría sentir un poco y, aunque no lo parezca, intenté llegar a tener.

De pequeño la primera traición que sufrí fue la de mi amigo de infancia. Él había preferido irse a jugar con los otros muchachos mientras yo me quedaba solo en el colegio. No recuerdo bien como fueron todos los eventos, pero en el fondo sentí el dolor de esas soledad inesperada. Después de eso, en intentos desesperados por acercarme a él, pasé muchas vergüenzas de las que no me percaté: me uní al equipo infantil del colegio, hice que me compraran el uniforme del Cali, en un partido golpeé e la cara a otro niño con un guayo; yo era malo pero me dejaban jugar por ser hijo de un profesor.
De ahí quedó lo que mi hermano y yo llamábamos "la fiebre del fútbol."
A él si le gustaba, aún le gusta, pero como sabía que a mi no, buscaba una excusa con la cual ponerme a jugar. Todo solía empezar con el PlayStation, cuando me veía jugar Yu-Gi-Oh y decidía que de repente era bueesna idea poner el Winning Eleven 9 y que él intentara ganarme con un equipo aleatorio. Yo era, contra él, un experto despejador. Se acercaba a la meta con algún jugador de nombre alemán y yo respondía con una patada tan fuerte que el balón terminaba al otro lado del campo, muy cerca de su propia portería. Eso nunca me significó la victoria, pero sí mantenía las derrotas en un bajo conteo.
Las condiciones de su victoria solían ser las mismas: luego de un buen rato de despejes en el preciso momento, comenzaban las quejas, que no, que qué aburrido, que muy mamón jugar así, que yo no sabía hacer otra cosa, que entonces nunca íbamos a acabar y así continuaba, reciclando quejas hasta que yo intentaba alguna cosa diferente y el aprovechaba para encender mi portería en llamas.
El único balón que teníamos en casa era uno de micro, pequeño, muy inflado y recubierto de una goma dura que con el tiempo se había soltado en las puntas, dejando pedazos levantadas, raposos y hasta afilados.
Cuando ya ninguno de los dos soportaba continuar con el juego era que iniciaba "la fiebre del fútbol". Sacábamos el balón e íbamos a la sala para a tomar turnos entre patear y tapar. Entrabamos en calor lentamente, con gritos, cuasi tribales -"¡La fiebre del fútbol! ¡la fiebre del fútbol!" -que eran nuestro pequeño cántico previo al desfogue último de iras irresolutas.
Él aprovechaba su primer turno para dejar salir toda la molestia por no poder ganar, por no poder jugar, por estar atrapado en su cuerpo de diez o doce años y no  ser más grande, El más grande. De paso amedrentaba mis rabietas. Sabía yo que nada podía hacer contra mi hermano mayor, pero me revolvía en el estómago una ira producto de la impotencia y la debilidad a tal punto que cuando me llegaba la hora, temía patear el balón con demasiada fuerza como para hacer un daño, aunque mi temor real era hacerme daño. "La fiebre del fútbol" siempre terminaba en una iracunda rabieta de mi parte, en lágrimas, en la cara enrojecida, en una vorágine infinita de frustración previa al sueño. Y como era mi hermano el que la creaba, yo no hacía más que caer una y otra vez en el juego.
De ahí noté que me quedaban grande las emociones muy fuertes. Y si así eran las mías, no se imaginan las de los demás. La primera vez que fui a un estadio, con mi tío, en Manizales, todo rodeado de paisas de los calmados, Once Caldas contra algún equipo sin nombre, iban perdiendo, o ganando, no recuerdo eso, sino la furia con la que la gente salía de las graderías: "Gran malparidos, aprendan a jugar y vuelvo", "¿Y yo pagué para esto? o "qué vergüenza eso hijueputas". Con tanta violencia no podía pensar en entender que era lo que hacían los pros en el campo.
Algo así fue mi segunda vez en un estadio. Ya era más grande, iba con mi papá y estaba ligeramente más informado, era más consciente de la vida a mi alrededor. Fuimos un día entre semana al Campín, a un partido entre equipos locales; las calles estaban llenas de azul, rojo y caras morenas que vigilaban nuestros pasos. Más que amenaza o violencia, me daban a entender que estaba fuera de lugar, me juzgaban por la poca expresión de mi rostro.
Y siguió pasando, por ejemplo, unos años después, cuando una señora se enfureció con nosotros por no celebrar como ella lo hacía, con gritos extáticos, la reciente victoria de nuestra selección, Colombia, por fin, una vez más, sobre Japón, en el mundial.
-¡Woo! ¡Que viva Colombia Hijueputas! -gritaba la señora en la entrada de su casa, presa de una compulsión profética. Levaba camiseta e su selección, que le quedaba apretada por tanta gordura, y un legging negro en la misma condición. Palmoteaba y miraba hacia el cielo, casi como orando, que ojalá Brasil no juegue bien para que vayamos a la final, que nuestro primer mundial. -¡Woo! ¿Es que no apoyan a nuestra selección? -no gritó cono a una cuadra de distancia. Vio que teníamos camisetas rojas, mi papá, mi hermano, mies hermanas y yo, que habíamos aprendido a ir "camuflados" para no llamar mucho la atención cuando salíamos a comer un helado. -¡Hijueputas! ¡Celebren! ¡Anti-patriotas! -. Y nosotros, con calma, seguimos nuestro camino.

Y que no me digan que no lo intenté, porque en mis últimos años del colegio me vi obligado a hacerlo, y de buena gana, cuando no habían más opciones que jugar o aburrirse. Tomé posición de defensa izquierda y no me fue tan mal como imaginaba.
Ahí no recibía tantos taponazos y todas esas iras contenidas podían salir tranquilamente cuando atacaban nuestra portería y aprovechaba mi estatura para empujar, atajar y sacar de mi camino a cualquier oponente.
Había dos equipos en mi curso, uno malo y el otro bueno. Lo malos eramos una especie de soporte de los buenos y llenábamos todos los huecos que tenían de tanto en tanto. Obviamente casi siempre eran defensas los que cambiaban pues no se iban a permitir darle la mayor tarima a los que nunca jugaban bien.
También, como corresponde, nos metieron en un torneo en el que no queríamos participar, uno e esos entre cursos y profesores y en donde era clara nuestra derrota. Les faltaban participantes, equipos, para hacerlo interesante, así que ahí fuimos a parar. "Wuu, once, ¡vamos a ganar!", nos entrenaron durante las salidas pedagógicas, sudé como nunca y me salieron ampollas en los pies. Pero igual en algún momento nos tendrían que eliminar. Ni me gustaba ni me interesaba, entonces era lo único que tenía sentido para mi.
Aun con eso, "La Fiebre del Fútbol" es inevitable.
Arrancó el partido contra unos niños de un curso inferior, más ágiles, más versátiles, más elásticos y mejor entrenados. Nosotros apenas si eramos más fuertes por cosa de la edad, pero la diferencia acabaría en poco tiempo. Tres o cuatro minutos en el partido y ya nos tenían arrinconados, uno, dos, tres goles y ellos apenas si se estaban acalorando. Los vitoreos los aclamaban, y el equipo de los buenos a nosotros nos gritaban desesperadas y furibundas instrucciones.
"Suba, Suba"
"¡Pero no se quede ahí!"
"Pásela, ¡Pásela!"
Sinceramente, una especie de vergüenza nos tenía intimidados. Estos tipos todos grandes jugando con unos niños dos o tres años menores. ¿Qué clase de juego era ese?, nos mirábamos los unos a los otros con duda, como preguntándonos si era la excusa lastimera que queríamos usar cuando perdiéramos.
Yo, por mi parte, no.Con el tiempo había aprendido que de intentar algo, mejor intentar hasta alguna enorme profundidad. Puede que no toda, pero si era importante abocarme todo yo en cumplir una tarea de manera íntegra, rozando con la enfermedad. Así que me había llegado la hora de asumir que era un defensa y nadie podría pasar el balón por donde yo estuviera.
 ¿Si han visto que la gente puede hacer cosas increíbles cuando toman la decisión de hacerlo y tienen suficiente adrenalina? Eso fue lo que me pasó después. Comencé a atajar con más decisión y a ser un verdadero inconveniente para mis oponentes; el sudor caía como de una regadera sobre el asfalto (porque jugábamos en una de esas canchas de cemento) mientras lograba poner en mejor posición a mis delanteros, mientras apoyaba de alguna manera los goles que vinieron e, incluso, tras un enorme esfuerzo para sacar a los defensas del equipo contrario de mi camino, el gol que yo mismo pude hacer.
Cuando se acabó no escuchaba los vitoreos al ganados, sino solo los elogios de mis amigos, que qué buen juego, que era el mejor partido que había tenido y, hoy, era el mejor jugador de ambos equipos. Una ola de reconocimiento, una prueba de que, aunque hubiéramos perdido miserablemente, yo lo había intentado.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Dos libros sin canción ( I )

Una mezcla de las tres portadas: la de Ferreira, y dos de Vonnegut.
Hace muy poco terminé de leer una vez más “Matadero cinco” de Kurt Vonnegut. Como era mi segunda vez, decidí leerlo en inglés.
Era de esperarse que me perdiera la mayor parte de los chistes. A veces pasaba por fragmentos que recordaba me habían hecho carcajear al leerlos la primera vez en español, y más de una vez terminé por preguntarme qué era eso que tanto me había hecho reír.
Hay que entender que esto me pasa por no conocer todas las palabras, los refranes, las viejas canciones ni la apropiada entonación de los acentos de américa del norte, Inglaterra, Alemania y cualquier otro hubiera aparecido a lo largo de la novela.
Aun así, mi parte favorita sigue siendo el momento en que Billy baja de su lecho conyugal, luego de entregar a su hija en matrimonio, y llega a la cocina para ver —con una botella de champaña sin gas en la mano— un documental sobre los aviones en la guerra, que parten desde barcos en medio del mar y avanzan abriéndose camino entre la muerte y la destrucción, para luego de un rato retroceder el tiempo y revertir lo hecho. Los aviones chupan sus balas, reconstruyen los destrozos, desentierran los cuerpos y reviven a los muertos, vuelan en reversa hasta sus portaviones donde son desmantelados por hombres que vuelven a ser niños para luego regresar a sus úteros para comenzar, de una vez por todas, el show de la eterna división que va desde el fin de los tiempos hasta el comienzo.
De “Viaje al interior de una gota de sangre” me queda el expansivo universo que viaja entre una mirada y otra, entre un camino y el de más allá, entre un pueblo y otro, el sin fin de detalles que se posan sobre una vida y que podríamos no parar de contemplar.
Un pensamiento recurrente en todo lo largo y ancho de la historia era que sobre todas las pequeñas cosas que iba encontrando, yo quería escribir así, alguna vez, con precisión, con fluidez, con agrado. Recordando todo el tiempo que hasta lo más insignificante puede importar.
El comienzo me transportó a las fiestas de Pubenza, que apenas si recuerdo por la bulla, por los viejos borrachos en las calles chiflando a las muchachas morenas, pero que ese pueblo con sus niñas reinas me hizo sentir familiar, como propio, como si de tanto en tanto hubiera en la cuadra de al lado un reinado.
Otra de esas cosas fantásticas que me hizo disfrutar página tras página fue esa distancia enorme entre las palabras de Ferreira y las que toda mi vida recuerdo escuchar, todas llenas de odio recalcitrante.
Ahora, nota importante, para que me conozcan un poco mejor, porque nunca sobra un poco de contexto y aclaración; debo presentarme como un ignorante más de la historia del país, de las ciudades, de la muerte; ignorante en general del dolor y, además, miedoso, gallina, esquivo de confrontaciones, solo una máquina para recoger la sensación de las voces aguerridas en la radio, televisión y periódico; pero para nada un ávido consumidor de los medios —pues ni Caracol, mucho menos RCN y de entre todos los otros, a veces, si eso, El espectador—, como tal, solo tengo en mente a la gente que escribía y que escribe y que aún dice con verraquera, con un lágrima fulgurante en el rabo del ojo, que ojalá los maten a todos, que eso es lo que va a arreglar a este hijueputa país. Que los maten, no importa quienes sean.
Quizá sea por la poca distancia que imagino tengo con el autor —por la edad o el contexto, aún no me he decidido—, que se me hace más fácil leerlo, o querer hacerlo. Pero más allá de eso, lo que en el fondo calma mis miedos cuando leo de una más o menos realidad, es que su detalle y su cariño me dejan ver el arte por encima de esa “verdad”, o esa “historia”, o ese “pasado”. Me deja ver un homenaje sincero, si es que vale decirlo así.

En ambos libros están los niños como protagonistas inauditos. La cruzada de los niños no es solo la de Roma ni la de la segunda guerra, sino también la del pequeño pueblo masacrado, la de los muchachitos trabajando en los semáforos, la de los padres jóvenes, la de los nuevos adultos que salen al mundo sin saber para dónde coger. Así somos todos, un Billy Pilgrim deformado, un niño que ha tenido que crecer a pesar de no querer hacerlo, a pesar de no saber hacerlo, al que han obligado a salir porque ya no hay nada adentro para él.