Escribir ha dado vueltas en mi cabeza durante las últimas semanas como una idea algo deforme, como un acto con el que no me termino de conectar, como un propósito y no como un proceso. Escribir, en este preciso momento, no tiene un objetivo en particular.
No he parado de hacerlo durante el último año. Escribo seguido en mi cuaderno de cubiertas cafés con un "SKETCHES" dorado en la parte delantera. También hago dibujos y a veces los pinto con acuarelas. Muchas veces abro el cuaderno y escribo los pensamientos que se agolpan en mi mente más rápido de lo que puedo ponerlos en palabras con la pluma. Intento empezar con una fecha en la parte de arriba de la página y después garabateo con suficiente claridad como para que yo me entienda más adelante. Esto implica que en otros momentos tendré dificultad para leer lo que yo mismo he escrito, pero al final lo lograré.
Lograré leer mi "diario".
En eso se ha convertido la escritura para mí. O por lo menos esa es la manera en que la pongo en práctica de manera más recurrente. A veces, entre páginas o mensajes de WhatsApp, escribo líneas que parecieran cargar con algún propósito, que simulan alguna intención, y así he ido recopilando aforismos inacabados. El comienzo de muchas ideas que se abren a dudas. A todo se le podría preguntar más. Escribo aforismos de la duda sin plantear, como si buscara un interlocutor curioso que quisiera dedicarse a explorar lo que pudiera ocurrírsele a mi mente. Espero por una interacción sin mostrarle a nadie ni una pizca de mi existencia.
"No puedo pensar demasiado en la extrañeza de mi humanidad o pereceré desconectado de este mundo"
El último mensaje que me envié. Recuerdo que estaba sentado esperando. Tenía la mirada fija en unas barras de hierro que sostenían un parlante cubierto por una bolsa plástica. La música sonaba a todo volumen, apenas si dejándome pensar. El cielo tenía fragmentos de azul que anunciaban un poco de templanza entre la intermitente lluvia y, por un instante, el contraste me separó de la realidad. No estoy seguro de entender lo que sentí durante esos segundos. De hecho, no sé si fueron segundos siquiera lo que pasó entre mi observación y el ligero desenfoque de mis ojos antes de que regresara a la realidad con el ligero temblor que causa el miedo profundo que se sufre en silencio.
Estaba solo, ahí en esa silla Rimax, en medio del mercado, con el viento a mis espaldas y la música a todo volumen. Quizá fuera como si de repente el vacío ocupara mi realidad. Una sensación de inexistencia, de ausencia absoluta. A los minutos me preguntaba si ese terror era el que llevaba a la locura, o el que se sentía al borde de la muerte. Nunca me he preguntado demasiado sobre eso pues desde pequeño le he tenido miedo a la idea de morir, hasta el punto de las lágrimas.
Llegaron algunos clientes, preguntaron por precios, hablaron en otro idioma, francés o italiano, ya no recuerdo, no compraron nada (así que clientes no fueron, en realidad), miré a mi izquierda y compartí una mirada de desaprobación con los vecinos, nos reímos y volví a mirar el cielo. Nada, no era igual. Luego saqué la libreta y escribí:
Mayo, 2026.
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Espacios para la memoria. El cuerpo cansado, un músculo palpitante. Helecho seco, sin semillas Solo en el recuerdo. Sonido vibrante. Altisonante. Dispar. Análisis inoportuno Voz excesiva. Continuará en alto volumen. |
Aviso del fin Entre pedir y exigir El veto modelo La necesidad El juego Las tensiones La espera Distancia que se acorta. Una frase que describe el evento sin hablar de eso Memoria. |
