miércoles, 5 de septiembre de 2018

El choque

Es una especie de cataclismo lo que ocurre cuando dos personas se encuentran de verdad.

Vuelan rocas de un lado a otro, polvo, plantas, animales; es una caída constante, partes de nuestra existencia que vuelan durante el choque de nuestras placas tectónicas.

Cuando menos lo espero veo como se acerca amenazante desde otros cielos una enorme masa de rocas, tierra y agua; toda una vida reunida y que en un instante irrumpe con violencia en mi tranquilidad. No suena lo que sale volando, estamos tan alto que la caída parece perpetua; solo escuchamos el resquebrajar de las pieles, como se abre la coraza, se separa la tierra y donde antes había una llanura ahora es montaña. Sin percatarme estoy entrelazado, cualquier movimiento hace crujir la existencia, a veces origen de placer, a veces dolor agudo. El crujido es tal que parece un trueno, y en los cielos que volamos a la distancia, parecemos uno solo, cuando en realidad son grandes manos que sostienen mis entrañas mientras en mis brazos sostengo toda su tierra bien junta.


Como cuando ocurren ciertas emergencias, la mente se bloquea y no piensa en más que en el choque fortuito y no en la separación; no piensa en las grietas que se forman, en las piedras que caen de su lugar y las pocas que se pueden salvar, no piensa en el posible desastre, en la tensión del vacío, de las carnes que ahora, solitarias, parecen propensas a romperse sin previo aviso, a caer en los suelos hechas polvo.

sábado, 1 de septiembre de 2018

La primera página



Tengo una libreta para hacer dibujos. Es relativamente incómoda, los dibujos son bastante malos, pero cumple con el propósito de representar una imagen que tengo muy clara en la cabeza. Pero lo que sale de esos intentos suele ser claro solo para mí, y con gran esfuerzo, quizá tras una larga explicación, claro para otras personas.

Este es mi primer dibujo en esa libreta. Un tronquito algo muerto de donde apenas sale una ramita y una hoja diminuta. Le han cortado el resto del cuerpo y en la corteza se nota que antes fue otra cosa. No sé si un árbol imponente o solo es que muy de cerca parece más grande de lo que en realidad es, pero de seguro algo diferente fue. Muy pegada a la base crece un pasto tupido, no se reconocen raíces, todas sumergidas bajo la tierra. Da la sensación de que el tronco es una tapa protectora, pareciera que es posible levantarlo y, tras un chasquido (como el que se hace con la lengua o el de una tapa de Gatorade), ver el contenido escondido por quién sabe qué clase de artífice.

No recuerdo porqué decidí dibujarlo. Ya fue hace bastante tiempo, así que solo está ahí como algo que hice alguna vez. De hecho, si miro las páginas que siguen también allí encuentro otros trazos que solo puedo identificar como algo que hice alguna vez. En algunos hay pistas del origen, por ejemplo, un dibujo que decidí llamar “el silencio” y parece una gran hoja con forma de hoz que está a punto de dejar caer una gota sobre unas piedras. Hay otras cosas que se pueden identificar, como un perro que alguna vez vi en la calle, o las cercas que encontré mientras iba en un bus, o un viejo reloj que quise retratar.

Tengo páginas llenas de objetos que conozco o reconozco, páginas que me pregunto cuándo empecé a llenar, páginas que sé nunca iba a terminar. Siempre que miro me pregunto por qué será que lo intento. Nunca he sido un buen dibujante ni me he dedicado con pasión a la tarea como para decir que con mucho esfuerzo pudiera lograr mejorar, por lo menos un poquito. ¿Por qué será que intento de tanto en tanto continuar con una tarea que se me sale de las manos?

¿No les ha pasado? Hay alguna cosa (o algunas) que definitivamente no pueden dejar de intentar pase lo que pase. No importan la cantidad de cosas que digan que será imposible jamás lograr algo, no importa que a cada instante se encuentre uno con diferentes negativas o con el simple y puro fracaso. Lo importante es no ser olvidado ni dejar olvidar.

domingo, 26 de agosto de 2018

En perspectiva

Una persona con su red
Llevo mucho tiempo pensando en las personas como islas flotantes con un árbol en el medio.

Por los aires circulas innumerables y son habitadas por una que otra bestia o pájaro silvestre.

Las islas se componen principalmente de rocas, alguna caverna llena de estalactitas y estalagmitas, arbustos y amplios terrenos en constante cambio.

Como ellas vuelan por ahí, sin algún rumbo determinado, no es raro que hayan choques entre ellas, origen de las deformaciones en el terreno y los cambios absolutos del paisaje.

De los sitios de choque solo saben los que participaron en el choque mismo; al mundo se ve como si nada hubiera pasado jamás, es como si en cada nuevo encuentro uno viera la total existencia del otro, la permanente esencia de algo que no se sabe cómo llegó a ser, ni qué llegará a ser.

viernes, 24 de agosto de 2018

La nostalgia

En la noche solía levantarme a mirar por la ventana la plazoleta del conjunto residencial en el que vivía.. Todo el mundo estaba dormido a excepción de unos cuantos insomnes. Me paraba en la ventana del tercer piso y buscaba otros edificios en donde la luz de alguna habitación estuviera encendida. Muy pocas veces encontraba algo pero estaba convencido de que tenía que haber más personas que estuvieran despiertas.

Pasaron los años y dejé de pararme en la ventana porque ya no estaba allí, las horas de la noche en que escrutaba la oscuridad cambiaron por horas de ocio sin sentido u objetivo, horas de elección y no de espera. Con el tiempo llegué a entender que la falta de sueño no era producto del inquietante sonido que producía la ciudad en la noche, sino el vacío evidente de la búsqueda inconclusa.

Irónicamente, en las tardes, luego de cumplir con mis pocas responsabilidades, salía a caminar por las vías del tren cercanas, observaba las hojas caídas sobre el pasto en derredor y sacaba fotografías del largo camino por el que sobresalían los rieles. Me iba solo a mirar un camino que quería tomar cuando era posible encontrarme con otras personas.

Y ahora tampoco salgo a caminar, ni a observar los árboles ni he montado alguna vez en tren y no sé cuando vaya a hacerlo (cosa que no parece estar en el horizonte). Ahora me despierto al final de la tarde y salgo por un café a la vuelta, y en el camino, aterido, observo la luna que esta baja e ilumina una porción del cielo mientras una nube se interpone. Ahora me monto en un bus y observo la basura que vuela libremente cuando no hay gente que la pise, veo las marcas en el asfalto, todas llenas de sombras que produce la luz mortecina que el humano engarzó en su poste.

En vez de buscar otros caminos, me escucho decir que me quedé esperando un cambio, una novedad. Pero eso solo quiere decir que me la perdí o que cuando tenía que tomar una decisión no lo hice. La ignorancia o la inercia.

Igual todo esto queda en el olvido, lo que perdure se convertirá en sonidos familiares u olores distinguibles, como el de la madera quemada al final de la tarde, que me habla de un tiempo que no he podido ubicar aún. Se sumará todo al conjunto de cosas sobre las que reacciono y si hay alguna cosa que valga la pena de todo eso, seguramente vendrá a golpearme en la cara cuando menos me de cuenta y terminaré roto en el suelo.

Lo triste es igual de inesperado a lo feliz, así que no vale la pena preocuparse por evitarlo.

sábado, 18 de agosto de 2018

Una manera de saber que ha sido importante

Sería curioso encontrar un pajarito que engañara a quienes lo siguieran. Pusiera señales varias en la ruta y mantuviera la distancia justa para que nunca pudieran atraparlo. Que ese fuera forma de vida, pues al perseguirlo otros animales estoy tumbarían al suelo comida y materiales para posibles refugios.

Sería un pajarito asustado. Saltaría de rama en rama cargando solo lo vital (en casos particulares, cargaría sus polluelos, no sé como), pero dentro habría un sentimiento de agradecimiento y amor por los cazadores que van en su búsqueda. ¿Cómo no amar a quien te alimenta?

Como agradecimiento, el pajarito canta una canción, la silba incesante en las noches, arrullando a las bestias que en el suelo esperan el amanecer para arremeter una vez más.

Una persona alguna vez capturó un pájaro de esos pero al poco tiempo se murió sin motivo evidente. Quedó sentado en su jaula, entre comida y excremento. La misma persona volvió a intentarlo, puso una jaula más grande y atrapó dos, uno macho y otro hembra, pero no salió como esperaba. El macho fue asesinado y la hembra murió con un par de heridas sin tratar. Definitivamente no podían vivir así.

En esos días no pudo escuchar ni una vez el cantar de las aves, así que fue nuevamente al bosque a oír cómo era que cantaban. Se volvió una costumbre y cambió la jaula para exponerlos en casa por una excursión para oír esos tramperos cantar.


martes, 14 de agosto de 2018

El Castillo de Kafka

Un dibujo mío de El castillo
Me dijeron que leyera "El castillo". Fue hace unos dos años que seguí ese consejo y desde entonces el libro se quedó guardando polvo en la parte superior de mi escritorio. Esta junto a "La metamorfosis" y una colección de micro cuentos y dibujos. Esos tres libritos de Kafka están rodeados por diccionarios, ensayos, revistas universitarias sin destapar, fotocopias y un par de autobiografías que tuve que escribir a lo largo de mis estudios. En resumen, está con las cosas que no suelo mirar.

Allá en la distancia estaba el castillo al que buscaba acceder nuestro agrimensor, igual de distante que está mi copia de su historia, Arriba, en la distancia, envuelto en tinieblas no solo físicas, sino también procedimentales; el eterno muro infranqueable que Kafka constantemente nos presenta. Es igual que en "Ante la ley", un mequetrefe intenta enfrentarse a los dictámenes de un ente superior y falla miserablemente.

Él en definitiva la tenía clara. Ese era su tema, su obsesión. El muro infranqueable al que siempre nos enfrentamos. Obviamente hay muchos otros temas. Hay cosa que ni siquiera le interesaban pero quedaron allí igual, hay cosas que ni siquiera fueron puestas pero al leerlas aparecen como si siempre hubieran estado allí. Solo creería que, después de ver tantas veces repetida, de maneras diferentes, la misma incertidumbre, la misma desazón, esa tendría que ser una obsesión, algo que necesita sacar de alguna manera, a ver si la vida cotidiana se hace más soportable.

No es que envidie su vida, porque en las historias está teñida de una tristeza insoportable, una pesadez que quién sabe a donde lleve a alguien como yo; pero si quisiera tener tan claras las cosas como él.

Ahora, también, cabe aclarar que si no quieren hacerse preguntas, mejor no lo lean, porque en esas es que uno termina, preguntándose. ¿Por qué?

Desde la ventana

Me gustaría contarles algo chévere. Algo que llamara la atención, que los atrapara un rato e hiciera que se olvidaran de sus preocupaciones. Pero al final yo siempre termino hablando de las mías propias, las imágenes que vienen a mi cabeza y soliloquios desproporcionadamente irracionales.

Una de esas cosas es la imagen que me hago cuando me recogen en la noche. El automóvil (una van muy pequeña en donde apenas si caben mis piernas) se desliza a toda velocidad, cayendo en todos los huecos y obligándome a saltar, y arrastra las luces de los postes, las casas y otros carros a los lados. Dentro puedo ver las calles vacías de personas, llenas de basura y mugre, los rastros de que alguna vez alguien estuvo ahí y no le importó en lo absoluto. Más que una descripción viva, la imagen que tengo es una lista de cosas. Bolsas que vuelan entre los carros, rieles fríos llenos de piedras y personas, caños sucios de agua estancada donde pululan las ratas, edificios cerrados porque no son las horas de negocio, lotes vacíos que se convierten en basureros, otras personas que en su mayoría regresan mientras yo salgo. Puentes, fachadas, gasolineras, restaurantes, cementerios. Hay una gran cantidad de cosas que son la ciudad de noche y, una y otra vez, inundando mis recuerdos de la soledad de la noche, cambiando los días por imágenes en blanco y negro.

Yo no sé que tiene la noche pero termina siendo mejor que sea para mi.

Aquí es cuando comienzan las palabrerías que en general no tienen sentido. Seguro es que comienzo a hablar en un código especial dependiendo de eso en lo que esté pensando. Uso ciertas palabras para llegar a ciertas personas, uso ciertas fórmulas para que sean leídas de cierta manera. Publico en ciertos momentos para responder a eso mismo. Un código que esperaría que entienda el aludido, pero, al final, solamente entiendo yo, que soy el que pienso y siento en concordancia con ese código inventado.

Y decimos que hablamos el mismo idioma.

Trabajando me he dado cuenta de cómo todos hablamos de una manera completamente diferente. Ni siquiera son las palabras las que comunican, son determinadas acciones las que se interpretan y depende de uno entenderlas. A veces se envían mensajes al aire con la expectativa de que alguien los atrape, o por lo menos los reciba como se recibe una roca del cielo.Hay gente que puede entenderlos y gente que no. Gente que decide ignorar esos pedidos y gente que los usa para su propio beneficio. Nos comunicamos como nos sirve, como ganamos paz mental. Nunca es completamente honesto lo que decimos, pero siempre y cuando con eso hallamos completado el mínimo de comunicación para nuestro estándar, todo estará bien.

Yo quisiera decir que funciono de manera contraria. Que me comunico claramente, que pregunto lo que ha de preguntarse, que interpreto el lenguaje de los demás y busco las mejores palabras para un mutuo entendimiento. Pero sé que no. Yo entiendo lo que quiero entender y comunico solo parte de lo que tengo en mente. Hay tanto que se queda por fuera.

Es por eso que me recogen y me llevan, porque prefiero ver desde el otro lado de la ventana toda esa mugre y desolación a ser parte de ella.

Bueno... aunque al final todo eso es un engaño.