Para considerarme tan observador y recatado, tan pensativo e introspectivo, que con todos los estudios y los libros que he leído, me sorprende un poco más cada día como es que puedo soltar palabras incautas sin darme cuenta.
Toda persona tiene un tono de voz predeterminado que se va forjando con el paso de los años y he visto que el mío es de una ironía comedida, una comedia ambulante de la vida cotidiana que raya con la malicia. No es ocurrencia, es solo desidia por lo que le pasa a la gente, los sentimientos de pesadez y cansancio, es el descarado desdén por lo que sucede a la gente que vive la vida. Sin darme cuenta me he creído algo más y ando deseando felicidad en los días oscuros, viéndole el lado positivo a las situaciones desoladoras y las oportunidades en la tragedia. Como un tecnócrata de la cotidianidad, sin creerlo realmente, le digo a todos los demás "sean felices, que eso no pasa nada", cuando en el fondo yo mismo reprocho la insolencia de los que disfrutan en las peores condiciones.
Todo por lo improductivo de mis actos. Soy como un personaje de novela, inútil por vocación.
Aún con eso, a la gente le agrada. O eso aparentan.
sábado, 2 de noviembre de 2019
viernes, 18 de octubre de 2019
Reseñas recuperadas - El Samurai de Shusaku Endo
Cuando el pensamiento no da abasto regreso a lo que ya he trabajado, a mis viejos pensamientos. En ellos veo lo que permuta y lo que dejé atrás, lo que permanece, lo nuevo:
¿Cómo
quisiera escribir? Me pregunto regularmente. Es una pregunta que debo hacerme
antes de sentarme frente al teclado o frente al papel (porque sí, aún me siento
frente al papel, con bolígrafo o lápiz, durante horas, haciendo rayones,
borrando, rompiendo y demás). ¿Cómo quisiera escribir? Posiblemente como Endo.
Es admirable como logró construir tan bello relato a partir de una historia
real, aprovechándose perfectamente de los vacíos y los datos reales. También
quisiera ser capaz, también, de unir tantas culturas, tantas imágenes, tantos
sentimientos como lo hace Endo en el corazón y la mente de Hasekura Rokuemon,
el pobre samurai que fue enviado al otro lado del mundo en una misión imposible
de cumplir y que le llevó no solo a la desgracia de su nombre sino a la pérdida
de su vida en la hoguera. ¿Qué clase de muerte es esa? ¿Por qué en la hoguera?
Las culturas son cosas complejas de explicar, y aún más cuando entre ellas está
mezclada la religión. El padre que guía a los japoneses es una representación
placentera de lo que algunos creen que son los sacerdotes católicos. Llenos de
deseos mundanos e incontrolables, excusados en la santidad de su misión, llenos
de fé.
El
encuentro entre estos dos personajes fue fundamental para la unión cultura,
para el transporte por los diversos parajes y para el efecto devastador y,
extrañamente, tranquilizador que tiene el desenlace de la historia.
No conozco
las fechas, pero la historia, esta escritura, tiene trazas, parecidos,
conexiones que parecen ínfimas, inherentes e inevitables, con otros escritores
japoneses: Kawabata en la cima, por ser al que más conozco, pero le siguen casi
pisando sus talones Tanizaki y Oé. Valdría la pena averiguar, quizá todo
tuviera una relación.
Como adición a todo esto debo agregar que esto fue un regalo de un amigo muy cercano. Él sabía de mi gusto por oriente y cuando no presentamos nuestras tesis de grado (porque nos graduamos juntos), tuvo el detalle de traerme esta belleza. Yo nunca le correspondí con un acto similar.
sábado, 5 de octubre de 2019
Reseñas recuperadas - El arcoíris de la gravedad de Thomas Pynchon
Reseñas recuperadas es el repost de viejos escritos que encontré en la nube sobre libros que he leído, comentarios inocentes sobre novelas y cuentos, siempre hablando desde la ignorancia. Una mirada a lecturas pasadas sin realmente leer otra vez.
Es una
monstruosidad de mucha gracia y raro goce. La novela tiene la función de un
adefesio. ¿Cuál es la función de un adefesio? Molestar. Molestar a los no
adefesios. Molestar con su imperfección, con ruptura de todo canon y sanidad.
El adefesio se arrastra sobre la baldosa produciendo un incómodo pero
inevitable sonido como de carnes apretándose la una contra la otra, chorros de materia que vuelan verdes hasta las paredes. Cuando sabemos que se acerca no podemos evitar voltear la
mirada y decir: "¡Oh! ¡Llegaste!".
Así pasa
con Pynchon. Está en la repisa observando, produciendo un molesto sonido que
nos obliga a voltear y mirar. Lo observamos un
tiempo, pasamos las páginas con fascinación ante la natural monstruosidad de sus curvas. Sale un poco lo morboso, igual que cuando el monstruo, observamos con cara de asco pero por dentro no queremos más que ver hasta el más pequeño detalle.
Cuando
acabé la lectura me pregunté, ¿porqué Pynchon no escribe algo más amable con el
lector? Podría, perfectamente, escribir una historia sencilla, que se pueda seguir, que se pueda leer de continuo
mientras retiene el lector los nombres, los hechos y la manera en que el autor
lo ha dicho. Pynchon tiene la maestría suficiente como para hacer eso. Recuerdo
una parte de su novela, cuando Roger México lleva a su chica en el automóvil y
decide detenerse, aunque esté en contra de sus creencias, sus principios y sus
costumbres, en una capilla en donde un montón de adultos "celebran"
la navidad. Cantan suavemente, en un tono lúgubre, las canciones propias, esos
villancicos que en voz de niño tanta alegría causan, cantan a coro un negro de
voz profunda y un blanco chillón, se dejan solos, guardan los silencios. Es una
escena espectacular en donde el sentimiento brilla por la ausencia de infantes,
todos alejados de la ciudad por culpa de la guerra. Se retrata la soledad, la
destrucción humana, no necesariamente relacionada con la destrucción material o
la muerte.
¿Por qué
no escribir así toda una obra? ¿Por qué no dar al mundo una sencilla novelita
llena de esos sentimientos?
Dirán
algunos que El arco iris de la gravedad es un espacio en donde Pynchon se
explayó y demostró todas sus capacidades, fanfarroneó de su poética, estilo y
conocimiento. Yo me aventuraré a decir lo contrario. El arco iris de la gravedad
es una novela irresponsable, sin motivo particular, una novela escrita sin
compromiso y que se lee solo cuando hay demasiado compromiso. El empleo de
leerla nace del desempleo de hacerla. ¿Cuánto tiempo se gastó en la escritura
de este libro? ¿Qué tipo de esfuerzo realizó para completarlo? Quizá por eso
envió al comediante a recibir el premio que le otorgaron por la
novela, porque no era enserio, por que era una broma muy mala que le salió
bien, por más de que se hubiera esforzado para que le saliera mal.
jueves, 3 de octubre de 2019
Yo
Yo soy una recolección de memorias.
Soy una recolección de reacciones y recuerdos musculares. Soy una imagen en el rostro de los otros, el reflejo en el espejo, la palabra rebotando de pared en pared hasta que se apaga. Soy una masa amorfa que se mueve por la vida, con labios gruesos, piel mestiza, cabello largo y ondulado que causa envidia, pero masa al fin de cuentas. Estoy ahí y me muevo por voluntad de la vida, el deseo del mundo al verme nacer.
En las noches temo como se mueve el tiempo, que se estanca por un rato en tanto cae la oscuridad. Las horas no se mueven de la misma manera bajo el reflejo de la luna como lo hacen bajo los rayos del sol. Cuando trabajaba de noche era como si el tiempo no sucediera, daba lo mismo si era diciembre o junio, puede que de repente lo fuera, como puede que no. Fácilmente hoy en día no sería hoy en día sino ayer en la noche, o varios meses atrás. Para mantener la ilusión dormía todo el tiempo de sol que podía y solo delataba el cambio de tiempos cuando me decía que tenía blanca y pálida la piel morena que tanto les gustaba.
Todavía recuerdo la sensación de permanecer en el mismo lugar, por siempre, quieto. Aún a veces permanece. La noche es para dormir, me repito, intento mantener la promesa corriendo de un lado para otro y manteniéndome ocupado; quisiera no tener que pensarlo, no crear estratagemas, pero es la única manera de salir del atasco. Corro de tanto en tanto, bebo un poco más, en el peor de los casos me tomo un té y pienso, imagino las llamas encendidas en la chimenea, crepitando, una chispa, el humo que sube y se pierde entre los nubarrones grises, una cerveza, la barriga un poco demasiado llena.
Buscaba en mi archivo alguna imagen para acompañar las palabras, pero mientras me perdía en formas y formas del pasado recordaba que eran las palabras las que debían traer imágenes, solas, por si mismas. La imagen de mi voz, la de mi mirada acusadora. Sea o no una masa, las palabras debieran hacer de mi una existencia.
Tenía por ahí guardadas las imágenes de un gran fuego, las chispas moviéndose de un lado al otro, pero al final solo encontré uno de mis primeros intentos por encender la llama. Ahí les dejo.
Soy una recolección de reacciones y recuerdos musculares. Soy una imagen en el rostro de los otros, el reflejo en el espejo, la palabra rebotando de pared en pared hasta que se apaga. Soy una masa amorfa que se mueve por la vida, con labios gruesos, piel mestiza, cabello largo y ondulado que causa envidia, pero masa al fin de cuentas. Estoy ahí y me muevo por voluntad de la vida, el deseo del mundo al verme nacer.
En las noches temo como se mueve el tiempo, que se estanca por un rato en tanto cae la oscuridad. Las horas no se mueven de la misma manera bajo el reflejo de la luna como lo hacen bajo los rayos del sol. Cuando trabajaba de noche era como si el tiempo no sucediera, daba lo mismo si era diciembre o junio, puede que de repente lo fuera, como puede que no. Fácilmente hoy en día no sería hoy en día sino ayer en la noche, o varios meses atrás. Para mantener la ilusión dormía todo el tiempo de sol que podía y solo delataba el cambio de tiempos cuando me decía que tenía blanca y pálida la piel morena que tanto les gustaba.
Todavía recuerdo la sensación de permanecer en el mismo lugar, por siempre, quieto. Aún a veces permanece. La noche es para dormir, me repito, intento mantener la promesa corriendo de un lado para otro y manteniéndome ocupado; quisiera no tener que pensarlo, no crear estratagemas, pero es la única manera de salir del atasco. Corro de tanto en tanto, bebo un poco más, en el peor de los casos me tomo un té y pienso, imagino las llamas encendidas en la chimenea, crepitando, una chispa, el humo que sube y se pierde entre los nubarrones grises, una cerveza, la barriga un poco demasiado llena.Buscaba en mi archivo alguna imagen para acompañar las palabras, pero mientras me perdía en formas y formas del pasado recordaba que eran las palabras las que debían traer imágenes, solas, por si mismas. La imagen de mi voz, la de mi mirada acusadora. Sea o no una masa, las palabras debieran hacer de mi una existencia.
Tenía por ahí guardadas las imágenes de un gran fuego, las chispas moviéndose de un lado al otro, pero al final solo encontré uno de mis primeros intentos por encender la llama. Ahí les dejo.
viernes, 9 de agosto de 2019
Volviendo al ruedo
Recientemente he estado pensando con insistencia en las ruinas de edificios en ladrillo que se van hundiendo con los años en la arena. No sé si me gusta tanto jugar con la idea de la memoria y la decadencia o solo es una fijación como la de un personaje de novela sobre las plantas que se pudren frente a su cámara en constante grabación. Por ahora solo pienso en eso y hasta hago bocetos malos con un árbol en medio.Mis trazos siempre han buscado poner en el papel la rugosa corteza de un árbol, que sea bien claro lo nudoso y ancestral, pero siempre fallo, así que mientras tanto intento contentarme con lo que ilustran los que sí saben dibujar.
Cuando era pequeño viví en casas grandes con patio traseros enormes, vista al parque o la montaña, teníamos un camino de la chaqueta, un aguacatero que soltó su fruta sobre mi cabeza y huertas sencillas para jugar sobre ellas. Me encantaba cavar agujeros en las tardes más frías. En una de esas casas solía encontrar juguetes viejos y hechos pedazos nada más empezar a palear tierra a un lado. La única otra vez que sentí una emoción parecida fue cuando llegué a la gran ciudad y escarbé en un arenero del parque, salieron a la luz unas fibras negras que parecían cabello. Esa vez sucumbí a un terror insoportable, la idea de un cuerpo enterrado bajo mis pies en la tierra de lo desconocido. Una emoción de igual nivel, pero difícil de relacionar. Cuando cavaba en el patio me aceleraba el corazón la idea de encontrar al fondo un tesoro o, por lo menos, los huesos de una mascota escondida en la tierra cientos de años atrás.
De alguna manera creo que siempre fui un aventurero, a mi propia manera, primero cavando huecos, subiendo un par de kilómetros en bicicleta, saltando la primera vez de un trampolín (todo muerto del miedo), en el viaje, leyendo mis primero libros, golpeado una batería con un poco de ritmo, aprendiendo sobre matachos chinos, aprendiendo el chino que hablaban esos matachos, un poco de carpintería, plomería, pintura y otros efectos para la remodelación, otros idiomas, otros libros, otros hobbies más fantásticos, más ñoños, más abstractos, sentado en la noche, frente a la página en blando, mirando los rayones, los textos, los trazos, como en la espera de esa emoción una vez más.
Como me la paso tan quieto, para volver al ruedo, lo mejor que puedo hacer es entablar la conversación, así que si saben de dibujos, árboles, ruinas u otros objetos, yo los escucho y les contesto, para eso aprendí de todo un poco.
miércoles, 5 de junio de 2019
Reseñas recuperadas - Lo infraordinario de Georges Perec
Honestamente, sobre este libro no recuerdo mucho. Creo que era uno de Editorial Impedimenta, de esos bonitos y costosos que tienen de esas camisas en cartón negro e ilustraciones detalladas, que las hojas son gruesas y huelen delicioso aún años después de sacado del empaque (por esa cuestión de ser un libro que se manipula poco y que uno guarda con recelo, de los que se leen una o dos veces en un año pero que no pasan más que por las propias manos, y, aclaro, que este no lo recuerdo porque era un libro prestado que al poco tiempo de terminar regresé a su dueño y no volví a saber nada al respecto).
De Perec recuero más "¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio?", que leí en una clase de la universidad. Era un texto bastante divertido que iba sobre nada en particular (aunque en realidad iba sobre un tipo que no quería que se lo llevara el ejército, miedo compartido por muchos, me incluyo, pero que al final esa era la excusa de la existencia del texto y no una historia para contar en sí misma), pero por la época, supongo yo, no escribí nada que tenga a la mano al respecto. Por tanto, lo que tengo sobre Perec es lo que viene a continuación:
Parte del proceso de lectura implica un cambio en la manera de leer. Hay que evitar esperar. Hay que evitar tener una alta expectativa sobre el gran mensaje que nos entregará la obra y dedicarnos a disfrutar de las diversas posibilidades que tiene la escritura. Perec no nos entrega una historia. No le interesa entregarnos una historia. El conjunto de fragmentos conforman una experiencia que apunta a distintos intereses. La historiografía, la arquitectura, las listas, conjuntos de cosas que parecen innecesarias -que de hecho pueden serlo- son una exploración de diversos espacios y que no pretenden ser un absoluto, sino una puerta abierta.
No sé exactamente que era lo que pensaba, apenas si el texto me trae una imagen confusa de lo que estaba escribiendo, pero por lo menos ahí está. Ahora quizá debería volver a pensarlo, a buscar qué es lo infraordinario, quien sabe si buscando eso también podré descubrir qué es lo ordinario, a estas alturas del partido ya ni sé exactamente qué es qué, quién o dónde. Solo estoy aquí, mirando para un lado, por la ventana, escondido del sol, en medio de la noche.
domingo, 14 de abril de 2019
Reseñas recuperadas - El castillo de Franz Kafka
Teniendo en cuenta el extraño volumen de visitas que he tenido últimamente debido a la reseña sobre "Por sus propios medios" de Robert A. Heinlein, pego un nuevo tiro al aire cuando de reseñas se trata. No tengo nada en particular contra las reseñas como para decir que puede nada más ser un golpe de suerte, pero no me siento con confianza suficiente como para decir que ha sido resultado de mis palabras, la pluma de occidente, el futuro de la literatura, yo, que no tengo un libro publicado pero si un montón de penas escondidas de la vida pública.
Sobre "El castillo" tengo que decir en este momento que apenas si recuerdo el ambiente. La nieve perpetua, la irreversible incapacidad del ser humano por lograr nada, el gigante infinito que ahora enfrentamos en la ciudad de la niebla (o la ex-ciudad de la niebla) y que en muchos lugares se repite, se enfrenta a los cientos de agrimensores que intentan medir el camino a la vida, al deseo, al final.
No deja de ser cierto que el libro lo leí por una mujer. Muchas cosas se hacen por una mujer. Supongo yo que también estaba influenciado por ese deseo de la época y las palabras que vienen algo han de tener en el fondo, pero no se debe confundir, tampoco, esta honestidad de ahora con una afirmación certera, con la aseguranza de que algo más hay aquí. Puede que ese sea el origen de esto, pero ciertamente ese no fue el final. Al final de cuentas yo estaba solo en mi habitación cuando terminé de leer su libro.
Obviamente
se califica de desgracia extrema el hecho de que esta obra nunca haya sido
terminada. ¿Qué era eso que iba a decir la madre de Gestüker? No sabremos, solo
queda rellenar el vacío con nuestra imaginación, y quién sabe cuántos han
perdido la razón en un intento por encontrar el vacío. Las aventuras de K.
pueden calificarse de muchas maneras, extravagantes, divertidas, estúpidas,
vacías; y de la manera en que se haga hay que reconocer, a pesar de todo, el
mérito de Kafka al construir el universo en donde está este pueblito salido de
la nada con su castillo lleno de burocracia y un montón de gentuza que teme a
un no-sé-qué peligroso salido de ninguna parte, es enorme.
En las notas de esta
edición se muestran diversas interpretaciones relacionadas a la vida de Kafka 1 y
su relación con la construcción de la novela. Son, muy cierto es, interesantes,
y pueden, de alguna manera, alimentar la imaginación, el conocimiento e incluso
ser constructivas para literatos y escritores, pero ¿Se puede disfrutar de este
libros, que está sin acabar, sin las notas? Por supuesto.
Quizá la única nota
pertinente a la novela es la última, en donde se ofrece un minúsculo comentario
sobre la frase cortada al final de la página 342. Lo demás sobra perfectamente.
Por ahora, solo cabe decir que, si bien Kafka como autor merece el agrado y
respeto de muchos, nunca podría condenar a quienes no sintieran afecto por él,
que siempre ha sido mostrado como un escritor oscuro, denso, eterno. Hay que
ver el lado positivo, reírse de la misma manera que él lo hizo cuándo leyó La
transformación a Max Brod y sus amigos, esa es la forma de demostrar buen
gusto, y hasta quizá, una sensibilidad superior.
1. Era una edición de bolsillo. Ya no recuerdo si era de editorial DeBolsillo o si simplemente decía que era de bolsillo, aunque no lo fuera en realidad. El libro es, en si, bastante largo. Si alguien lo lee y encuentra la nota de la página 342, que me lo diga por favor.
Entonces, tras todo este asunto, veo que esta es la continuación/prescritura de la otra reseña del mismo texto que se encuentra en este blog: El otro Castillo que leí de Kafka
![]() |
| Bonus track. Otro dibujo de El Castillo, la fortaleza impenetrable y su minúsculo pueblecito. |
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