viernes, 3 de enero de 2020

Sobre "El grito silencioso"

Anotaciones a medio camino (o al comienzo del episodio noveno)


Nunca había sido tan difícil pensar, sumergirme en mis pensamientos mas honestos, conectarlos con sentido y verles un propósito. El propósito no importa. Estar sentado en un café en una tarde y no tener donde más ir, y pensar que está bien, era más que suficiente.

Estoy sin estar, existo sin existir. Soy un ente vacío, un tipo de muchos que reacciona lánguido ante el panorama, al que le hablan por las grietas pero no se preocupa por contestar. Yo estoy en mi pedazo de carne, lo hago vibrar con la música y nada más.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Adagio moribundo


Vi que estábamos condenados a la extinción tras el primer mordisco. Dimos paso a una devoradora raza superior, caminantes sin rumbo con maestría en el exceso; desborde natural. Siempre había visto en las películas escenas oscuras donde las muchachas gritaban aterrorizadas ante la sangre, la carne, los culos que volaban en todas direcciones, el gorgoteo de los cuellos aún vivos que transmutaban, pero la realidad nada tuvo que ver, al contrario, fuimos los hombres quienes huimos con mayor insistencia, aterrorizados del encuentro más vital. En la carne nos encontramos, en la carne renacemos, pero nosotros siempre con miedo.
Ellas, por su lado, cayeron en sus brazos sin mayor resistencia, como si al sentirlos cerca un trance las dominara sin más. A pesar de que corrí con lágrimas en los ojos, en el fondo me llenaba la envidia ¡Cuánta libertad!
Fue igual cuando llegaron a la puerta de nuestro escondite. Había arrastrado a una chica del trabajo hasta el fin del mundo, y aunque ella se resistió un poco (odio manifiesto en el día y lamentos quedos en la noche), yo guardaba la esperanza de que al pasar la tragedia pudiéramos continuar juntos reconstruyendo la vida. Tonto de mí.
Cuando rompieron la puerta me cogieron con los pantalones abajo, ella se soltó para entregarse a la nueva vida. Mi primer ademán fue huir, pero al escuchar como la devoraban; con cuánta felicidad se transformaba; no pude evitar caer de rodillas con mocos escurriéndose a mi boca, entre desesperado y loco, esperando la muerte. Ahora puedo entender, ¿cómo pudo resistirse tanto tiempo? Ella sabía lo que venía. Si hubiera sabido, me habría entregado por igual. Nada más siento los dientes zumbar sobre mi cuello; esa presencia sin tocarme la carne, la sangre, la muerte que llega… Cuánto placer…

martes, 10 de diciembre de 2019

Reflexión sobre el silencio

No suelo hablar mucho cuando llego a la casa.

Abro la puerta y miro al recibidor en busca de zapatos recientemente descalzados, no digo nada si los veo, ya me acercaré a saludar. Si no los veo no me preocupo sino que me quito los zapatos, me saco la chaqueta y vacío mis bolsillos, como liberándome de cualquier conexión con el mundo exterior. Es curioso que en casa sea lo que llevo en los bolsillos lo que me conecte con la calle, mientras que afuera es al contrario, una puerta al mundo que me espera de regreso.

Es chistoso darme cuenta que es bastante común sorprenderme por llevar horas sin decir una sola palabra y haber estado guardando el silencio por tanto tiempo sea una tarea que realizo con religiosidad. Aunque escucho ruidos y canciones, los vecinos que cruzan el pasillo, mi compañera de apartamento hablando cosas ininteligibles en su habitación, animales que corren, carros en la calle y demás, no suelto ni un solo sonido, no vale la pena, no hay nada que decir.

Y, ¿a quién  tendría que decirle yo algo? Aunque dijera cientos de cosas, no habría nadie con quién conversar.

Sí, en circunstancias no está de más hablar consigo mismo, yo lo he hecho en más de una ocasión. En español, cuando intento contar una historia fantástica, o imaginarme un escenario social; en inglés si estoy molesto, intentando verme fuera del mundo cotidiano... incluso llegué a fanfarronear con algunas pocas palabras de japonés que logré aprender. Sí, también hablo solo, pero lo hago como el árbol que cae en el bosque donde no hay nadie para oírlo.

Sobre el silencio tengo que decir que es un viejo amigo y a veces me siento con él en una habitación blanca, a no hacer nada más que estar.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Palabras

Para considerarme tan observador y recatado, tan pensativo e introspectivo, que con todos los estudios y los libros que he leído, me sorprende un poco más cada día como es que puedo soltar palabras incautas sin darme cuenta.

Toda persona tiene un tono de voz predeterminado que se va forjando con el paso de los años y he visto que el mío es de una ironía comedida, una comedia ambulante de la vida cotidiana que raya con la malicia. No es ocurrencia, es solo desidia por lo que le pasa a la gente, los sentimientos de pesadez y cansancio, es el descarado desdén por lo que sucede a la gente que vive la vida. Sin darme cuenta me he creído algo más y ando deseando felicidad en los días oscuros, viéndole el lado positivo a las situaciones desoladoras y las oportunidades en la tragedia. Como un tecnócrata de la cotidianidad, sin creerlo realmente, le digo a todos los demás "sean felices, que eso no pasa nada", cuando en el fondo yo mismo reprocho la insolencia de los que disfrutan en las peores condiciones.

Todo por lo improductivo de mis actos. Soy como un personaje de novela, inútil por vocación.

Aún con eso, a la gente le agrada. O eso aparentan.

viernes, 18 de octubre de 2019

Reseñas recuperadas - El Samurai de Shusaku Endo


Cuando el pensamiento no da abasto regreso a lo que ya he trabajado, a mis viejos pensamientos. En ellos veo lo que permuta y lo que dejé atrás, lo que permanece, lo nuevo:

¿Cómo quisiera escribir? Me pregunto regularmente. Es una pregunta que debo hacerme antes de sentarme frente al teclado o frente al papel (porque sí, aún me siento frente al papel, con bolígrafo o lápiz, durante horas, haciendo rayones, borrando, rompiendo y demás). ¿Cómo quisiera escribir? Posiblemente como Endo. Es admirable como logró construir tan bello relato a partir de una historia real, aprovechándose perfectamente de los vacíos y los datos reales. También quisiera ser capaz, también, de unir tantas culturas, tantas imágenes, tantos sentimientos como lo hace Endo en el corazón y la mente de Hasekura Rokuemon, el pobre samurai que fue enviado al otro lado del mundo en una misión imposible de cumplir y que le llevó no solo a la desgracia de su nombre sino a la pérdida de su vida en la hoguera. ¿Qué clase de muerte es esa? ¿Por qué en la hoguera? Las culturas son cosas complejas de explicar, y aún más cuando entre ellas está mezclada la religión. El padre que guía a los japoneses es una representación placentera de lo que algunos creen que son los sacerdotes católicos. Llenos de deseos mundanos e incontrolables, excusados en la santidad de su misión, llenos de fé.

El encuentro entre estos dos personajes fue fundamental para la unión cultura, para el transporte por los diversos parajes y para el efecto devastador y, extrañamente, tranquilizador que tiene el desenlace de la historia.
No conozco las fechas, pero la historia, esta escritura, tiene trazas, parecidos, conexiones que parecen ínfimas, inherentes e inevitables, con otros escritores japoneses: Kawabata en la cima, por ser al que más conozco, pero le siguen casi pisando sus talones Tanizaki y Oé. Valdría la pena averiguar, quizá todo tuviera una relación.

Como adición a todo esto debo agregar que esto fue un regalo de un amigo muy cercano. Él sabía de mi gusto por oriente y cuando no presentamos nuestras tesis de grado (porque nos graduamos juntos), tuvo el detalle de traerme esta belleza. Yo nunca le correspondí con un acto similar.

sábado, 5 de octubre de 2019

Reseñas recuperadas - El arcoíris de la gravedad de Thomas Pynchon


Reseñas recuperadas es el repost de viejos escritos que encontré en la nube sobre libros que he leído, comentarios inocentes sobre novelas y cuentos, siempre hablando desde la ignorancia. Una mirada a lecturas pasadas sin realmente leer otra vez.




Es una monstruosidad de mucha gracia y raro goce. La novela tiene la función de un adefesio. ¿Cuál es la función de un adefesio? Molestar. Molestar a los no adefesios. Molestar con su imperfección, con ruptura de todo canon y sanidad. El adefesio se arrastra sobre la baldosa produciendo un incómodo pero inevitable sonido como de carnes apretándose la una contra la otra, chorros de materia que vuelan verdes hasta las paredes. Cuando sabemos que se acerca no podemos evitar voltear la mirada y decir: "¡Oh! ¡Llegaste!".

Así pasa con Pynchon. Está en la repisa observando, produciendo un molesto sonido que nos obliga a voltear y mirar. Lo observamos un tiempo, pasamos las páginas con fascinación ante la natural monstruosidad de sus curvas. Sale un poco lo morboso, igual que cuando el monstruo, observamos con cara de asco pero por dentro no queremos más que ver hasta el más pequeño detalle.

Cuando acabé la lectura me pregunté, ¿porqué Pynchon no escribe algo más amable con el lector? Podría, perfectamente, escribir una historia sencilla, que se pueda seguir, que se pueda leer de continuo mientras retiene el lector los nombres, los hechos y la manera en que el autor lo ha dicho. Pynchon tiene la maestría suficiente como para hacer eso. Recuerdo una parte de su novela, cuando Roger México lleva a su chica en el automóvil y decide detenerse, aunque esté en contra de sus creencias, sus principios y sus costumbres, en una capilla en donde un montón de adultos "celebran" la navidad. Cantan suavemente, en un tono lúgubre, las canciones propias, esos villancicos que en voz de niño tanta alegría causan, cantan a coro un negro de voz profunda y un blanco chillón, se dejan solos, guardan los silencios. Es una escena espectacular en donde el sentimiento brilla por la ausencia de infantes, todos alejados de la ciudad por culpa de la guerra. Se retrata la soledad, la destrucción humana, no necesariamente relacionada con la destrucción material o la muerte.

¿Por qué no escribir así toda una obra? ¿Por qué no dar al mundo una sencilla novelita llena de esos sentimientos?

Dirán algunos que El arco iris de la gravedad es un espacio en donde Pynchon se explayó y demostró todas sus capacidades, fanfarroneó de su poética, estilo y conocimiento. Yo me aventuraré a decir lo contrario. El arco iris de la gravedad es una novela irresponsable, sin motivo particular, una novela escrita sin compromiso y que se lee solo cuando hay demasiado compromiso. El empleo de leerla nace del desempleo de hacerla. ¿Cuánto tiempo se gastó en la escritura de este libro? ¿Qué tipo de esfuerzo realizó para completarlo? Quizá por eso envió al comediante a recibir el premio que le otorgaron por la novela, porque no era enserio, por que era una broma muy mala que le salió bien, por más de que se hubiera esforzado para que le saliera mal.

jueves, 3 de octubre de 2019

Yo

Yo soy una recolección de memorias.

Soy una recolección de reacciones y recuerdos musculares. Soy una imagen en el rostro de los otros, el reflejo en el espejo, la palabra rebotando de pared en pared hasta que se apaga. Soy una masa amorfa que se mueve por la vida, con labios gruesos, piel mestiza, cabello largo y ondulado que causa envidia, pero masa al fin de cuentas. Estoy ahí y me muevo por voluntad de la vida, el deseo del mundo al verme nacer.

En las noches temo como se mueve el tiempo, que se estanca por un rato en tanto cae la oscuridad. Las horas no se mueven de la misma manera bajo el reflejo de la luna como lo hacen bajo los rayos del sol. Cuando trabajaba de noche era como si el tiempo no sucediera, daba lo mismo si era diciembre o junio, puede que de repente lo fuera, como puede que no. Fácilmente hoy en día no sería hoy en día sino ayer en la noche, o varios meses atrás. Para mantener la ilusión dormía todo el tiempo de sol que podía y solo delataba el cambio de tiempos cuando me decía que tenía blanca y pálida la piel morena que tanto les gustaba.

Todavía recuerdo la sensación de permanecer en el mismo lugar, por siempre, quieto. Aún a veces permanece. La noche es para dormir, me repito, intento mantener la promesa corriendo de un lado para otro y manteniéndome ocupado; quisiera no tener que pensarlo, no crear estratagemas, pero es la única manera de salir del atasco. Corro de tanto en tanto, bebo un poco más, en el peor de los casos me tomo un té y pienso, imagino las llamas encendidas en la chimenea, crepitando, una chispa, el humo que sube y se pierde entre los nubarrones grises, una cerveza, la barriga un poco demasiado llena.

Buscaba en mi archivo alguna imagen para acompañar las palabras, pero mientras me perdía en formas y formas del pasado recordaba que eran las palabras las que debían traer imágenes, solas, por si mismas. La imagen de mi voz, la de mi mirada acusadora. Sea o no una masa, las palabras debieran hacer de mi una existencia.

Tenía por ahí guardadas las imágenes de un gran fuego, las chispas moviéndose de un lado al otro, pero al final solo encontré uno de mis primeros intentos por encender la llama. Ahí les dejo.