martes, 19 de mayo de 2026

Escribir

Escribir ha dado vueltas en mi cabeza durante las últimas semanas como una idea algo deforme, como un acto con el que no me termino de conectar, como un propósito y no como un proceso. Escribir, en este preciso momento, no tiene un objetivo en particular.

No he parado de hacerlo durante el último año. Escribo seguido en mi cuaderno de cubiertas cafés con un "SKETCHES" dorado en la parte delantera. También hago dibujos y a veces los pinto con acuarelas. Muchas veces abro el cuaderno y escribo los pensamientos que se agolpan en mi mente más rápido de lo que puedo ponerlos en palabras con la pluma. Intento empezar con una fecha en la parte de arriba de la página y después garabateo con suficiente claridad como para que yo me entienda más adelante. Esto implica que en otros momentos tendré dificultad para leer lo que yo mismo he escrito, pero al final lo lograré.

Lograré leer mi "diario". 

En eso se ha convertido la escritura para mí. O por lo menos esa es la manera en que la pongo en práctica de manera más recurrente. A veces, entre páginas o mensajes de WhatsApp, escribo líneas que parecieran cargar con algún propósito, que simulan alguna intención, y así he ido recopilando aforismos inacabados. El comienzo de muchas ideas que se abren a dudas. A todo se le podría preguntar más. Escribo aforismos de la duda sin plantear, como si buscara un interlocutor curioso que quisiera dedicarse a explorar lo que pudiera ocurrírsele a mi mente. Espero por una interacción sin mostrarle a nadie ni una pizca de mi existencia.

"No puedo pensar demasiado en la extrañeza de mi humanidad o pereceré desconectado de este mundo"

El último mensaje que me envié. Recuerdo que estaba sentado esperando. Tenía la mirada fija en unas barras de hierro que sostenían un parlante cubierto por una bolsa plástica. La música sonaba a todo volumen, apenas si dejándome pensar. El cielo tenía fragmentos de azul que anunciaban un poco de templanza entre la intermitente lluvia y, por un instante, el contraste me separó de la realidad. No estoy seguro de entender lo que sentí durante esos segundos. De hecho, no sé si fueron segundos siquiera lo que pasó entre mi observación y el ligero desenfoque de mis ojos antes de que regresara a la realidad con el ligero temblor que causa el miedo profundo que se sufre en silencio.



Estaba solo, ahí en esa silla Rimax, en medio del mercado, con el viento a mis espaldas y la música a todo volumen. Quizá fuera como si de repente el vacío ocupara mi realidad. Una sensación de inexistencia, de ausencia absoluta. A los minutos me preguntaba si ese terror era el que llevaba a la locura, o el que se sentía al borde de la muerte. Nunca me he preguntado demasiado sobre eso pues desde pequeño le he tenido miedo a la idea de morir, hasta el punto de las lágrimas.

Llegaron algunos clientes, preguntaron por precios, hablaron en otro idioma, francés o italiano, ya no recuerdo, no compraron nada (así que clientes no fueron, en realidad), miré a mi izquierda y compartí una mirada de desaprobación con los vecinos, nos reímos y volví a mirar el cielo. Nada, no era igual. Luego saqué la libreta y escribí:

Mayo, 2026.

Espacios para la memoria.

El cuerpo cansado, un músculo palpitante.

Helecho seco, sin semillas

Solo en el recuerdo.

Sonido vibrante.

Altisonante.

Dispar.

Análisis inoportuno

Voz excesiva.

Continuará en alto volumen. 


Aviso del fin

Entre pedir y exigir

El veto modelo

La necesidad

El juego

Las tensiones

La espera

Distancia que se acorta.

Una frase que describe el evento

sin hablar de eso

Memoria.

Luego puse:

Estoy afuera. Nos redujimos. Pasa una anciana en silla de ruedas. La piel traslúcida y llena de manchas por el sol, las muñecas hinchadas dejan entrever líneas verdes y carmesí. Los dedos aprietan con fuerza, como temerosa de caer, sin confiar en quien la lleva.

Y luego toda la idea de distancia e inexistencia se desvaneció.

Quizá escribir sea solo un método más para mantener los pies sobre la tierra. Como para no desaparecer, así solo yo vea los trazos de la tinta.

lunes, 4 de agosto de 2025

Propósito

Quedé con el encargo de corregir el blog de viajes que tienen mi tía y su esposo. Inicialmente estaba emocionado por la posibilidad de hacerlo, empezar a conocer todos los detalles de cómo había sido viajar por diferentes países, conocer personas y culturas muy distintas, exponerse a todos los cambios que se encuentra en el camino una persona que, si bien tiene una ruta, lo que está esperando es el "descubrimiento".

Creí durante un buen tiempo que eso era más que suficiente, la realidad: algo le hacía falta a la lectura.

Corregir textos no es especialmente emocionante. Si las palabras que leo no me interesan es un trabajo bastante operativo: quitar, poner, marcar, borrar. Actuar en función del diccionario, el manual de estilo, la academia y la expectativa que pongan sobre ti. Si a medio camino encuentro una voz dentro del texto, además, tengo que cuidar mantener ese tono, sea cual sea, para evitar tener que volver sobre mis pasos y corregir el trabajo que ya hice en un momento.

Y como todo trabajo operativo, corregir se vuelve bastante desgastante cuando no hay un objetivo claro en la lectura  que estoy  haciendo. Sí, claro, estoy leyendo para corregir, asegurar que el texto esté en el mejor estado posible y todo lo que quieras... pero... ¿Para qué estoy leyendo?

Esa es la pregunta que no me había hecho al momento de leer las cosas que estaba corrigiendo para mi tía. Y yo estaba terriblemente aburrido mientras lo hacía.

El propósito es una cosa que me causa problemas desde hace mucho. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para quién? Antes de que mi tía se fuera de viaje (del que no volverá hasta el próximo año), le dije que se preguntara qué nos quería contar cuando fuera a escribir para su blog, que se pusiera un objetivo con las historias o el reporte de ese día, así sería más fácil para ella definir hasta donde escribir, qué incluir y qué dejar por fuera, así como la intención que buscaba expresar. Aún no había leído yo nada de sus viajes anteriores, pero la emoción que vi cuando comenzó a hacerse preguntas sobre lo que escribiría debió ser una pista para lo que iba a encontrar.

Listas diversas; objetos, paradas, personas, lugares, visitas y un sin fin de adjetivos que fueron apareciendo sin orden o propósito. Agradecimientos sentidos pero poco específicos, comentarios sobre la carretera, los barrios sub urbanos de Canadá, árboles poco comunes en el país, vecinos, niños, sobrinos, eventos en galerías de arte y tiendas de comunidades indígenas que en el norte dominante llaman "primeras comunidades" (lo que para mí no significaba nada hasta hace muy poco), nombres de cosas ubicadas en mapas mentales que no eran el mío y, por tanto, flotaban en un sin fin de referencias que pertenecen a la vida privada de una pareja, el hermetismo propio de lo que se cuenta para uno y sin un objetivo en particular. Una serie de historias sin fin, pues cada "hola" estaba en el medio, y cada "adiós" era un comienzo.

Y sí, interesante y todo pero no lograba conectarme con lo que leía. ¿Por qué me importa leer lo que podría encontrar con una simple búsqueda en Google? Por que son los viajes de mi tía, pero ¿Qué de mi tía estoy encontrando en este blog? Lo que ella se encontró y una serie de comodines para reemplazar sus opiniones verdaderas, sus juicios y sus conclusiones. Leer toda esa ruta era más una tarea de colegio y una constante investigación (más que todo para dar orden y encontrar un sentido a todo lo que me contaban) que una manera de compartir la aventura. Yo no era parte de esa historia, ni siquiera como observador. Yo era, y soy, una máquina de consumo.

Y sí lo soy. Solo que no sé de qué.

Igual, he ido dando forma a algunas de sus frases. Ordeno, investigo, traduzco, acorto y aumento la longitud de esa historia y, de a poquitos, me pinto una imagen del viaje que tomaron, más allá del mundo natural que "nos inunda con su presencia", mientras me inundo en la envidia de saber que hay otros por ahí que encontraron una cosa realmente apasionante que puedan perseguir.

A comparación de ella, yo no persigo nada.

lunes, 24 de marzo de 2025

Consumir

 Me imagino una hoguera y el crepitar de sus llamas.

Pongo música a tanto volumen como mis oídos puedan soportar; como para simular lo ensordecedor de la noche, las estrellas descubiertas sobre el desierto, la vastedad de la tierra a mi alrededor y los troncos que dan pequeños saltos frente a mi.

En la noche juego a que el vapor que sale, blanco, casi hielo, de mi boca es una nube que me roda, me abraza, me da un nido en el cual descansar; no importa si voy solo por la calle, envuelto en mi abrigo y la bufanda, así a cada paso me suden las axilas por tantas capas de ropa evitando que sienta el mundo alrededor. Me imagino el vapor acuoso de una narguila, el humo de un cigarrillo o un tabaco completo, las pequeñas brazas de una pipa y el olor acre pegándose a todo, mantengo la ilusión al sentir mi nariz congelada, el viento moviendo mi cabello, el brillo de las luces a la distancia, distorsionadas por el astigmatismo. Juego a que no estoy donde estoy, a que vuelo mientras camino, atrapado entre ropas y sueños.

Mientras miro al horizonte cae de mi labio cuarteado un pedazo de piel, cual laja de piedra. No tomo agua, solo miro a la distancia cómo es que las nubes se deforman, como planetas en colisión, anillos y luces de colores como en un atardecer. Si algo se mueve no lo siento, solo el ardor de mi labio, la idea de la sangre que podría caer de la herida. Estoy mirando el horizonte con la idea de mi vida en la punta de la lengua. Estoy viviendo solo dentro de mi cabeza, así observe en detalle los ojos de otra persona.

Recuerdo el olor a tierra caliente mojada con una suave llovizna. De mis olores preferidos. Quiero estar ahí, llenar mis pulmones con la sangre que flota en el aire, quiero que me inunde el momento, quiero volver. 



jueves, 19 de octubre de 2023

Aburrimiento

 Llevo un par de horas buscando qué hacer. A través de la pantalla veo todos los anuncios que se hacen pasar por personas en mis redes sociales. Con una mano hago click y con la otra llevo una gomita a mi boca.

He estado comiendo de el mismo paquete desde las tres de la tarde. Son las 7 y diez de la noche y me acabo la última goma. No sé si el ligero dolor en la boca del estómago es por el dulce o la ansiedad.


Sigo sin encontrar algo para hacer. Lo que me gusta hacer me aterroriza. No siento deseos de hacer ninguna de esas cosas, no creo que sea capaz de hacer ninguna de esas. Antes me gustaba leer, me gustaba escribir, me gustaba ver series, jugar videojuegos, jugar Go, buscar información sobre temas que llamaron mi atención durante la semana. Antes sentí algo de pasión por las cosas que me encontraba, me emocionaba la idea de aprender, de quizá compartir algo con alguien, de darme una oportunidad con algo que me atemorizaba, pero ya no.


Ahora me pregunto por qué, en lo absoluto, mantengo contacto con muchas de las cosas que me rodean, cuando eso es casi igual a estar completamente solo.

La soledad eterna.

El otro día pensaba en lo poco que hablo y en lo poco sincero que soy cuando lo hago. Casi que todas mis palabras son sarcasmo, una manera veloz de decir algo que usualmente me tomaría mucho tiempo. Curiosamente es eso lo que la gente escucha con más atención que aquello que digo cuando hablo completamente en serio. Siempre evito comunicarme de verdad, evito el inevitable sentimiento de lo que digo no merece ser escuchado o que mejor hubiera sido mantenerme en silencio.

Y a pesar de sentirme así, la gente aún me busca para que los ayude a solucionar sus cosas. ¿Quién me ayudará a solucionar las mías?

Hasta donde sé, solo yo me puedo encargar. Que desgracia.

Qué increíblemente miserable.

domingo, 9 de julio de 2023

Hasta donde no sé

Parte de las cosas que me animan a mantener este blog tiene que ver con mantener la posibilidad de volver y leer las cosas que he escrito en el pasado. Pocas veces lo hago y, cuando sucede, termino encontrándome errores que terminan por matar cualquier energía que tuviera para terminar la lectura.

Es algo parecido a lo que me pasa cuando intento sacar los cientos de papeles que tengo guardados en el archivador con todos los trabajos que hice durante la universidad. en diferentes momentos he intentado leer lo que he escrito en otros momentos y me cuesta un montón. Me siento algo ridículo después de que empiezo a recordar el momento en que se me ocurrió la idea, la forma en que la ejecuté, la emoción con la que me senté a plasmar esa historia del hombre más grotesco, o la de un muchacho asustado de su primera cita, o de la librería abandonada y reclamada por la naturaleza. Salto de ahí a mis momentos más grandes durante el estudio y a los más bajos discutiendo mis textos frente a otras personas. En este punto creo que nunca escuché realmente lo que estaban diciendo. Tenía oídos para elogios (los cuales rara vez sucedían) pero nunca para recomendaciones o concejos. Me pensaba demasiado intelectual y conocedor como para prestar atención a nada de eso. Posiblemente aún hay cosas en las que no escucho nada que no sean palabras de alabanza.

Tengo un viaje por venir. Visitaré a mis abuelos por mi cuenta. Creo que nunca he viajado a su ciudad exclusivamente a verlos y, aunque este viaje tampoco será exclusivamente para eso, me parece exrtaño estar llamándolos para pedirles que me alojen durante esos días. De igual forma, me preparo como puedo para ir. Y, como mi mente no puede con los pensamientos, he estado buscanod las libretas de viaje que tengo. Tengo la que usé en Cartagena el 2020, primera vez en la vida que viajé a ese lugar y que fui solo sin ninguna persona esperándome en ningún lugar. Me quedé en un hostal, compartiendo habitación con varias personas, fui a uinas conferencias, almorcé en la calle, entré a cafés y compré un par de libros. Por ahí me encontré de casualidad con un par de personas que conozco de vista, saludé a un par de escritores y luego viajé de regreso. En el aeropuerto me encontré con una de mis superiores en el trabajo, algo premonitorio del mierdero al que regresaba después de esas cortas vacaciones. Ella fue muy amable, pero realmente no esperaba un vuelo de regreso en esa compañía. Igual nada pasó, la experiencia fue toda una exageración mía.

En esa libreta encontré varias cosas que me parecen ahora ridículas; la manera en la que hablaba de las personas, la forma en que describí una circunstancia en el hostal, la imagen que me hice de los extranjeros, de las mujeres, de las fachadas; me avergüenzo un poco de lo que vi ahí, no me sentí yo mismo al leerlo. Me pregunté ¿Cómo hice para llegar a esas ideas? Dudé, pero solo un segundo. Estba claro que era yo. No podía ser nadie más. Y aún con eso, me sorprendí no huyendo de lo que estaba escrito ahí. ¿Sería eso algo que yo mismo disfrutaría leer? ¿A pesar de que fuera algo que yo escribiera? Extrañas las ideas que se me pasaban por la cabeza, sí, pero ideas claras a pesar de todo. Con una luz de esperanza, a partir de esto, me voy en un viaje muy corto. No espero volver con nada, principalmente por que no sé a qué vuelvo exactamente, pero también porque si espero algo probablemente me decepcionaré al ver que vuelvo exactamente a la misma vida que he estado llevando por la última serie de años.

El próximo año se acaba mi tercera década de la vida (hace poco me dijeron que la veintena es la tercera década) y el año pasado me propuse un cambio fuerte para cuando cumpliera 30. ¿Cómo me saldrá eso?
Con todo esto dicho, vengo a mi extraño diario, en el que no escribo diariamente, ni semanalmente ni con ninguna clase de regularidad, y digo que ojalá todo salga bien.
Antes podía decir con toda tranquilidad que, al final, todo saldría bien.

Pero tenía mucha fe en eso para alguien que no cree en nada particular.


domingo, 29 de agosto de 2021

Cine

 Fui a cine con mi familia.

Una de mis hermanas tenía una tos que me tenía algo tenso, la idea de que nos fueran a sacar del lugar continuaba dándome vueltas en la cabeza cada vez que la oía toser. Fuera Covid, fuera un gripe normal o solo una molestia en la garganta, se me calentaban las orejas cada vez que la oía toser.

Cuando volteaba a verla ella estaba tosiendo, como cuándo la gente tose, algo inconsciente de su alrededor, completamente entregada al acto de toser; realizaba la moción, se cubría el tapabocas con la mano, simulaba la protección con movimientos acompasados al ritmo que imponían su bronquios, que intentaban sacar de su cuerpo el germen maligno, el mugre o el virus que contaminaban sus vías respiratorias. Detestable, poco amable, nada higiénico. A mis ojos, en ese momento, era como si se estuviera vengando con los demás, todos a su alrededor pagando el precio de su sufrimiento.

Pero en realidad era yo el que la hacía pagar. Aún estoy incómodo, me siento estresado, creo que no debimos estar ahí, viene n a mi cabeza mil y un razones para evitar esa salida, quizá no debí salir de casa hoy... Y, a la vez, no hay ningún motivo para que ella o yo, o nadie, deba esconderse en ningún lugar. Solo tienen que vivir. Entre más lo pienso más tonto me parece el sentimiento, mi reacción, porque al final no es su culpa tener una tos. 

La película que vimos se llamaba "Shirley", sobre una pareja, una escritora aclamada y un profesor universitario, que reciben a una pareja joven en su casa con la intención de aprovechar el ímpetu juvenil y mejorar sus vidas, buscar inspiración, obtener comodidad.

La muchacha está embarazada y el joven busca el éxito como docente universitario. La escritora enfrenta una grave crisis depresiva, está aburrida, es manipulada por su marido, un coqueto vejete que salta de flor en flor y tiene en sus manos a la esposa del decano. La red de influencias se mantiene y el joven esposo salta de una chica en otra mientras pasa por el "Club de Shakespeare". Estudian el cuerpo de las obras, representan a los personas, viven en carne propia el drama de esa selección.

Durante la película me pregunté varias veces por qué era que no escribía yo con la misma entrega que el personaje representado. ¿No era esa mi vocación? ¿No es eso lo que quiero hacer en realidad?

Detesto, en este momento de mi vida, exponerme a esas obras que representan al escritor. Suelen presentar una imagen de cosas que yo no hago y me siento culpable de abandonar lo que hace unos años me comprometía tanto.

Veo el pasado y creo que me convencí de un discurso falso, que vi el futuro, en ese momento, con una convicción estéril, vacía, un engaño con el que convencí a todos y que hoy día se revela haber sido el más grande engaño al que me sometí.


Al final de la película las dos parejas se separan. Descubierto el engaño del joven profesor, la madre primeriza entra en crisis y su crisis inspira a la escritora. El esposo es capaz, luego de sus mentiras y su fracaso como persona, de buscar un nuevo hogar e intentar ir hacia adelante. El profesor leer la novela de la escritora y la admira -con algunas anotaciones, por supuesto -y la escritora dice que esta obra, esta maravilla de obra, le duele de verdad.

Le duele.

Y ahí yo pensé, ojalá yo algún día pueda decir que me duele una obra y no solo que me duele ...

lunes, 16 de agosto de 2021

Un pendiente que continúa en el olvido

Esta es otra hoja en blanco que comienzo y dejo iniciada.


El otro día me hablaron de cerca.


Sentí la pasión que salía de las palabras, la mirada atenta, y la imagen en la oscuridad se quedó en mi cabeza. No he podido parar de pensar.

Me gusta esa atención.


--       --


Pasó algo de tiempo y ahora tengo tensión en el cuerpo.


El producto inacabado de la inacción.


Quizá, algún día, vea resultados.


No lo sé.

miércoles, 16 de junio de 2021

Nudo

Matica

 Tengo ahora mismo un encuentro de sentimientos dispares.

Me balanceo como si caminara en una cuerda floja pero, en realidad, queda de mis pasos la polvareda en el aire.

Muchas veces me imagino sentado sobre la base de un tronco cortado al lado de una trocha olvidada, de esas que ya casi no se transitan porque montaron una carretera cerca de allí

Regalos (Otra cosa abandonada de septiembre 2020)


 Hacer un regalo puede llegar a ser una tarea titánica.

Buscar entre los millones de objetos que produce la humanidad para lograr elegir esa cosa específica que uno va a entregar a otra persona como muestra de aprecio.

Y uno siempre quiere que esos regalos tengan un impacto, que representen claramente la relación, como sea que uno la vea, que se note el esfuerzo, la energía y el tiempo invertidos en encontrar el regalo.

Hace años me puse a la tarea de hacer un regalo algo engorroso. Siempre me ha gustado hacer mis propios regalos, pero en esa ocasión me excedía un poco. Meses antes había aprendido a hacer cristales con sulfato de cobre. Un proceso simple pero largo y repetitivo. Disolver el sulfato de cobre en agua, llevarlo a ebullición, dejar un hilo sumergido en el líquido resultante durante el reposo por algunos días, como con los cristales de sal. Al tiempo en el hilo se veía concentrado un pequeñísimo cristal azul. Uno tan minúsculo que decirle cristal era algo desproporcionado, pero ya con él era posible repetir el proceso una y otra vez hasta que el cristal tomara el tamaño adecuado.

Cuando llegó ese punto puse el cristal en un frasco de mermelada que encontré tirado en la casa y seguí haciendo que creciera, intentando lo más que podía controlar las formas que crecían, fueran cúbicas, triclínicas, rombohédricas o cualquier otra de esas formas que no vienen a la cabeza de buenas a primeras.

Ya por fin pude tapar el tarro, luego de dejar la cocina inundada a olor químico, dañar un par de ollas y desperdiciar un montón de agua. No sé como estará ahora, pero el tarrito contenía un cristal bastante hermoso, con picos y valles azulados entre tonos brillantes y oscuros. Una perfecta pieza de cumpleaños.





Algo que empecé a escribir en mayo del año pasado y nunca acabé.


Pensar en escribir me comprime un poco el pecho en estos días. Siento que se me dificulta respirar producto del miedo que me produce. Aunque todo el tiempo mi cabeza anda armando frases e historias, leo el mundo con los ojos de querer contar algo, no logro procesar el afán creativo en más que una respiración compleja.

Llevo en encierro desde el veinte de febrero, último día en que salí sintiendo libertad. De ahí en más no han sido más que viajes al supermercado y dos taxis a la oficina para solucionar papeleo necesario. Tuve suerte de organizar mis cosas antes de esa fecha porque me acababan de echar de donde estaba viviendo (el tipo que me rentó la "habitación" lo hizo sin permiso de la dueña) y ya empezaba a desesperarme. Menos mal pude encontrar la habitación de ahora, las personas de la casa son amigables y el espacio es bonito. Igual, lo que tengo es una habitación con ventana hacia un patio interno de techo en teja plástica que se comienza a calentar a eso del medio día.

Eso sí, no me ha faltado nada. Mi mamá me ha enviado frutas e incluso un paquete de empanadas de pipián. Como sigo trabajando y no tengo que moverme gasto menos dinero y he podido ahorrar mientras pido domicilios los días que no me organizo para cocinar, que igual puedo sin ningún problema. Las veces que he salido a comprar lo básico no es más que ir dos cuadras al norte y encuentro un supermercado, más las tiendas de barrio con todo lo que me hace falta. Tengo suerte y estoy bien.

Igual siento que me faltan muchas cosas.

Nunca he sido especialmente callejero, mucho menos en la ciudad. Bogotá no se presta para salir a caminar con absoluta tranquilidad. Caminar en la ciudad es más un juego de policías y ladrones, donde uno es el ladrón y escapa de las ratas que son los policías, es decir coma, uno anda por la calle evitando que lo atraquen. Aún así, me ha hecho falta salir a sentarme en un café y mirar por la ventana.


martes, 26 de mayo de 2020

Historias sin contar 1

Estaba pensando en un cuento para un concurso. Las imágenes iniciales eran las de un hermano muerto, la habitación sucia y olvidada que debía limpiar por alguna circunstancia, la soledad del abandono no solo de la habitación sino también de los vivos por el que parece muerto. El hermano que limpia la habitación está más en otra vida que en esta, su casa es una pared blanca, si tiene en qué dormir es mucho más de lo que esperarían los que lo conocen. Incluso su madre se sorprende de que tenga con qué prepararse un caldo o unos huevos en la mañana. En alguna ocasión le da fiebre y tiene que ir alguien a apoyarlo, alguna de sus pocas amigas reales, y ella también se sorprende de encontrar todo lo necesario para cocinar y preparar algo que lo ayude a sobrellevar la noche. Siempre lo ven por fuera de la casa, fuera de sí mismo, nunca lo ven dentro.

Le pasa de todo al muchacho. Encuentra secretos que no quería saber, encuentra personas que no quería ver, tiene conversaciones que no quiere tener. No está preparado para ninguna de ellas y la sola idea le produce terror. Terror de ver la vida con ojos sin capacidad, de escuchar sin poder entender, de hablar sin saber de qué habla. Igual el temor no le sirve de nada porque la vida lo atrapa sin que le de oportunidad de hacer alguna de las cosas.

En todo el trayecto se cruza especialmente con su papá. No tienen la mejor relación, siempre sintió demasiada presión sobre él y excesivo apoyo a su hermano. Era él quien terminaba cumpliendo expectativas mientras su hermano no hacía más que pedir ayuda. Todos lo ayudaban, todos corrían a sus brazos cuando lo necesitaba. Nunca con él. Eran dos muy parecidos, pero siempre completamente diferentes, y la forma en que el mundo los relacionaba era lo que más los distanciaba. Para ese momento el padre por fin ha entendido que el hijo que le sobrevive era el que en realidad no lograba nada y, sin poder aceptar lo que veía de sí mismo en él, se cierra a cualquier conversación.

El hijo con vida simplemente recrudece su desamparo por la vida. Al final de cuentas solo se ha dedicado a cumplir. ¿Qué logro tiene el logro si es el norte de otros? Todos los días se pregunta sin saber responder. En el cuento no encuentra ninguna respuesta. No es como si la muerte lograra algo, de ahí no llega nada, solo queda el vacío. Probablemente hubiera aprendido más si hubiera estado más cerca de su hermano. Pero ya no se puede.

Y ahí se acaba.


lunes, 9 de marzo de 2020

Recuperar la ligereza

En más de una ocasión me he encontrado bloqueado por andar pensando en miles de complicadas combinaciones de vivir. Veo en los libros un afán de tal nivel que no soy capaz de aceptar y seguir adelante, sino que tengo que rumiar la dificultad infinita hasta el hastío.

De la misma manera me acerco a la gente. Una amabilidad pausada, como retenida en la distancia de la soledad y que solo se expresa con palabras y miradas a los ojos, pero nada más. No puedo felicitar con tranquilidad, ni sentir emoción por los éxitos ajenos. No sé si sea envidia, frivolidad o indolencia, pero tan poco es lo que veo en las vidas extrañas que no logro relacionarme, como si hubiera dejado de ser humano desde hace rato.

En un apartamento compartido me siento más cómodo por escuchar desde la distancia la vida de las personas que medio actúan en sus habitaciones, cruzar furtivamente el pasillo cuando oigo que se encierran en sus habitaciones, lavar la ropa cuando no hay nadie, despertarme más temprano que todos para salir sin tener que cruzar palabra con ninguna persona. La vida en conjunto con los desconocidos es la misma vida de la no vivencia. No vivir es simplemente estar igual que está el árbol que cae en un bosque y no tiene nadie que lo oiga.

Esa continua inexistencia alcanza su máxima expresión con el hastío absoluto; no más buscar escapes de la vida en historias de otros, lo que han puesto a nuestros pies para aprovechar al máximo ya no resulta atractivo. Un escape resulta ser solo un escape.

Puede que sean solo cuidados paliativos, pero es en esos momentos cuando más disfruto de una novelita corta y ligera, que no ahonde en nada, sin mucho drama real... historias de decisiones predecibles, como resulta la gente de la vida de verdad, que uno termina siempre sabiendo cómo actuarán antes de que hagan las cosas. Yo no sé si sea siempre, pero hasta ahora, santo remedio para ese afán de alejarse de la realidad.

sábado, 22 de febrero de 2020

El último de su especie

Alguien quiso, alguna vez, hacer acto de memoria. En un comienzo era nada más el intento por crear un archivo sencillo que describiera lo que fue su vida, desde su nacimiento, pasando por los primeros recuerdos de la infancia y los que quedaban de la adolescencia, hasta que se hizo adulto y comenzó a trabajar. Era un tipo bastante joven, por lo cual era raro que hiciera sus memorias. Se había pasado años leyendo como luchaban los viejos por recordar los detalles más mínimos de su historia antes de poder plasmarlos en el papel, y a él eso le atemorizaba, ir perdiendo los hilos del tiempo y luego tener que rellenar los vacíos con retazos inventados. Igual ese temor no previno que dudara de algunas historias y así fue como empezó a ahondar.

Lo primero fue como se conocieron sus padres. Quiso hablar con ellos sobre eso y se obligó a salir de su cuarto para preguntar, le contaron la historia del amigo mutuo y las salidas de jóvenes. Con eso pudo volver y relatar los anales de su existencia más distante; acabado eso vio lo que faltaba. No tenía la historia de su familia, no sabía quienes eran los padres de los padres de sus padres, y tendría que salir a buscar respuestas a todas las preguntas que tuviera. Al salir se encontró con el tiempo que había pasado, detenido en la ficción de su cuarto, y las fuentes fueron aún más difíciles de encontrar, pudo hablar con su abuela materna, pero ya no había nadie más a quién preguntar sobre el pasado de ahí para arriba.

-Y entonces estaba la tía Pepita, que era la que más nos consentía, aunque era obvio que prefería a su tío Hernando. Aún así ¿sabe? ella nos daba lo que los papás no podrían jamás. -contaba con la viejita una y otra vez. Alguien escuchaba con atención, a ver que detalle nuevo le compartía, aunque cada vez que repetía el relato perdía motivación. Con horas reales de historias encima regresó a registrar lo que había visto.

Ahí si que pasaron los años, Alguien encerrado en su habitación, intentando recuperar algo muerto, solo se percataba del tiempo cuando pasaba un hermano a anunciar el velorio de no se qué familiar que era relativamente cercano y al que tendría que ir. También, entre tanto, lo invitaban a cumpleaños de niños nuevos, pero con apellidos diferentes, de las hermanas que habían parido los varones de otros varones, y los hombres que habían adquirido el apellido de sus esposas. Incluso lo llevaron a la fiesta de adopción de un niño que quiso mantener el apellido de sus padres reales. Alguien sintió la más grande alegría con esa invitación, a pesar de la evidente distancia de la realidad que representaba para todos los demás.

Con todo eso empezó a preguntarse qué sería terminar siendo el último de su propia familia. No lo veía pronto pero sus hermanos y hermanas eran ya mayores y recorridos. El tiempo había pesado sobre sus cuerpos en movimiento más que en su cuerpo estático. Además, él estaba solo. Entre recordar y recordar empezó a meter en el camino las historias de los nuevos familiares que salían y salían de quién sabe donde sin que se percatara por un instante. Cuando sus hermanos dejaron de pasar por su puerta a avisarle de las muertes y los nacimiento, Alguien dejó de salir de su habitación, a duras penas comía porque le dejaban alimento al alcance de la mano.

En la habitación quedaban muchas hojas llenas de garabatos, intentos de frases que sumaran con simpleza todo lo descubierto con los años, las historias y las miradas de quienes las escucharon. Se volvió una cosa de honor, un objetivo último, poder sumar en una sola frase lo que había visto en ese recuento, el logro de quien se adelantó a su vejez para poder recordar en paz. Dejó alimentos podrirse a su alrededor sin que se diera cuenta, le crecieron las uñas hasta enroscarse en sí mismas, el cabello se enamarañó increíblemente para un tipo canoso, sudaba en las tardes de verano y con sus mechas se protegía en el invierno, luego de incontables noches sin sueño pudo, por fin, dar por terminada su empresa.

Ya cuando salió del cuarto no vio a nadie. Todo estaba desierto. Soltó un grito al que solo respondió el eco.

Se fue caminando por ahí y se olvidó de sus memorias.

Era alguien que vagaba por ahí.

jueves, 6 de febrero de 2020

Ya no sé

Ya no sé qué compartir.

Puede ser que no tenga nada en mente. Nada qué compartir, que sea solo un animal que reaccione a las preguntas y responda, en tono quedo, algo lastimero, lo que sea que busquen de mi, y si no lo tengo, un quedo "no sé".

A veces respondo con más que esas palabras, como forzado para evitar la mirada llena e preguntas. Pero antes tengo que sentirlo, tengo que decir "no sé" y dudar, creer que quizá, de pronto, tal vez, puede que tenga algo que decir al respecto, sea lo que sea. Pero luego de decirlo me pregunto si no solo lo dije como por decir algo, como por imaginar, como por poner un límite a la vida, a las acciones que pudiera realizar.

Ahí es cuando me pregunto que son los sueños. Yo solo pongo palabras en cadena y voy armando un escenario. La vista desde la ventana en el altillo de un apartamento desconocido, los edificio circundantes, la lluvia que golpetea sobre el tejado y el temor del muchacho a que en la noche le caiga una gotera justo en la cara, o en el centro de la cama, negando la libertad de explayarse de un lado para otro. Pero eso tampoco pasa. Solo está en una cama desconocida, con las cobijas desconocidas, rodeado de su ropa y libros que ha podido acomodar en un armario empotrado en la pared. Durante toda la vida había soñado con tener un armario así, en donde pudiera esconder todo lo que quisiera guardar, donde hubiera cajones con cosas olvidadas y espacio suficiente para dejar algo vacío. Está contento pero no lo está.

Si pudiera no decidir sería lo mejor, así se evita la tendencia al pesimismo, que de una vez le dice como "no, eso seguro no sale bien" o "lo van a rechazar", y es un pesimismo como infundado, quién sabe salido de dónde, porque no es que haya intentado mucho alguna cosa y tampoco es que haya fallado demasiado, quizá un par de veces, amores -como es natural- y alguna que otra oferta de trabajo que no supo aceptar o para la que no se presentó con demasiado entusiasmo.

No sabría decir si el sujeto del altillo sabe qué es lo que quiere en la vida (no es que deba saber), pero de ahí que haya tanta incertidumbre, tanta indecisión.

Ya no sé si querer algo funciona así de fácil, o vale lo mismo que ir a la deriva.

Qué será esa cosa dizque satisfacción.

viernes, 3 de enero de 2020

Sobre "El grito silencioso"

Anotaciones a medio camino (o al comienzo del episodio noveno)


Nunca había sido tan difícil pensar, sumergirme en mis pensamientos mas honestos, conectarlos con sentido y verles un propósito. El propósito no importa. Estar sentado en un café en una tarde y no tener donde más ir, y pensar que está bien, era más que suficiente.

Estoy sin estar, existo sin existir. Soy un ente vacío, un tipo de muchos que reacciona lánguido ante el panorama, al que le hablan por las grietas pero no se preocupa por contestar. Yo estoy en mi pedazo de carne, lo hago vibrar con la música y nada más.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Adagio moribundo


Vi que estábamos condenados a la extinción tras el primer mordisco. Dimos paso a una devoradora raza superior, caminantes sin rumbo con maestría en el exceso; desborde natural. Siempre había visto en las películas escenas oscuras donde las muchachas gritaban aterrorizadas ante la sangre, la carne, los culos que volaban en todas direcciones, el gorgoteo de los cuellos aún vivos que transmutaban, pero la realidad nada tuvo que ver, al contrario, fuimos los hombres quienes huimos con mayor insistencia, aterrorizados del encuentro más vital. En la carne nos encontramos, en la carne renacemos, pero nosotros siempre con miedo.
Ellas, por su lado, cayeron en sus brazos sin mayor resistencia, como si al sentirlos cerca un trance las dominara sin más. A pesar de que corrí con lágrimas en los ojos, en el fondo me llenaba la envidia ¡Cuánta libertad!
Fue igual cuando llegaron a la puerta de nuestro escondite. Había arrastrado a una chica del trabajo hasta el fin del mundo, y aunque ella se resistió un poco (odio manifiesto en el día y lamentos quedos en la noche), yo guardaba la esperanza de que al pasar la tragedia pudiéramos continuar juntos reconstruyendo la vida. Tonto de mí.
Cuando rompieron la puerta me cogieron con los pantalones abajo, ella se soltó para entregarse a la nueva vida. Mi primer ademán fue huir, pero al escuchar como la devoraban; con cuánta felicidad se transformaba; no pude evitar caer de rodillas con mocos escurriéndose a mi boca, entre desesperado y loco, esperando la muerte. Ahora puedo entender, ¿cómo pudo resistirse tanto tiempo? Ella sabía lo que venía. Si hubiera sabido, me habría entregado por igual. Nada más siento los dientes zumbar sobre mi cuello; esa presencia sin tocarme la carne, la sangre, la muerte que llega… Cuánto placer…

martes, 10 de diciembre de 2019

Reflexión sobre el silencio

No suelo hablar mucho cuando llego a la casa.

Abro la puerta y miro al recibidor en busca de zapatos recientemente descalzados, no digo nada si los veo, ya me acercaré a saludar. Si no los veo no me preocupo sino que me quito los zapatos, me saco la chaqueta y vacío mis bolsillos, como liberándome de cualquier conexión con el mundo exterior. Es curioso que en casa sea lo que llevo en los bolsillos lo que me conecte con la calle, mientras que afuera es al contrario, una puerta al mundo que me espera de regreso.

Es chistoso darme cuenta que es bastante común sorprenderme por llevar horas sin decir una sola palabra y haber estado guardando el silencio por tanto tiempo sea una tarea que realizo con religiosidad. Aunque escucho ruidos y canciones, los vecinos que cruzan el pasillo, mi compañera de apartamento hablando cosas ininteligibles en su habitación, animales que corren, carros en la calle y demás, no suelto ni un solo sonido, no vale la pena, no hay nada que decir.

Y, ¿a quién  tendría que decirle yo algo? Aunque dijera cientos de cosas, no habría nadie con quién conversar.

Sí, en circunstancias no está de más hablar consigo mismo, yo lo he hecho en más de una ocasión. En español, cuando intento contar una historia fantástica, o imaginarme un escenario social; en inglés si estoy molesto, intentando verme fuera del mundo cotidiano... incluso llegué a fanfarronear con algunas pocas palabras de japonés que logré aprender. Sí, también hablo solo, pero lo hago como el árbol que cae en el bosque donde no hay nadie para oírlo.

Sobre el silencio tengo que decir que es un viejo amigo y a veces me siento con él en una habitación blanca, a no hacer nada más que estar.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Palabras

Para considerarme tan observador y recatado, tan pensativo e introspectivo, que con todos los estudios y los libros que he leído, me sorprende un poco más cada día como es que puedo soltar palabras incautas sin darme cuenta.

Toda persona tiene un tono de voz predeterminado que se va forjando con el paso de los años y he visto que el mío es de una ironía comedida, una comedia ambulante de la vida cotidiana que raya con la malicia. No es ocurrencia, es solo desidia por lo que le pasa a la gente, los sentimientos de pesadez y cansancio, es el descarado desdén por lo que sucede a la gente que vive la vida. Sin darme cuenta me he creído algo más y ando deseando felicidad en los días oscuros, viéndole el lado positivo a las situaciones desoladoras y las oportunidades en la tragedia. Como un tecnócrata de la cotidianidad, sin creerlo realmente, le digo a todos los demás "sean felices, que eso no pasa nada", cuando en el fondo yo mismo reprocho la insolencia de los que disfrutan en las peores condiciones.

Todo por lo improductivo de mis actos. Soy como un personaje de novela, inútil por vocación.

Aún con eso, a la gente le agrada. O eso aparentan.

viernes, 18 de octubre de 2019

Reseñas recuperadas - El Samurai de Shusaku Endo


Cuando el pensamiento no da abasto regreso a lo que ya he trabajado, a mis viejos pensamientos. En ellos veo lo que permuta y lo que dejé atrás, lo que permanece, lo nuevo:

¿Cómo quisiera escribir? Me pregunto regularmente. Es una pregunta que debo hacerme antes de sentarme frente al teclado o frente al papel (porque sí, aún me siento frente al papel, con bolígrafo o lápiz, durante horas, haciendo rayones, borrando, rompiendo y demás). ¿Cómo quisiera escribir? Posiblemente como Endo. Es admirable como logró construir tan bello relato a partir de una historia real, aprovechándose perfectamente de los vacíos y los datos reales. También quisiera ser capaz, también, de unir tantas culturas, tantas imágenes, tantos sentimientos como lo hace Endo en el corazón y la mente de Hasekura Rokuemon, el pobre samurai que fue enviado al otro lado del mundo en una misión imposible de cumplir y que le llevó no solo a la desgracia de su nombre sino a la pérdida de su vida en la hoguera. ¿Qué clase de muerte es esa? ¿Por qué en la hoguera? Las culturas son cosas complejas de explicar, y aún más cuando entre ellas está mezclada la religión. El padre que guía a los japoneses es una representación placentera de lo que algunos creen que son los sacerdotes católicos. Llenos de deseos mundanos e incontrolables, excusados en la santidad de su misión, llenos de fé.

El encuentro entre estos dos personajes fue fundamental para la unión cultura, para el transporte por los diversos parajes y para el efecto devastador y, extrañamente, tranquilizador que tiene el desenlace de la historia.
No conozco las fechas, pero la historia, esta escritura, tiene trazas, parecidos, conexiones que parecen ínfimas, inherentes e inevitables, con otros escritores japoneses: Kawabata en la cima, por ser al que más conozco, pero le siguen casi pisando sus talones Tanizaki y Oé. Valdría la pena averiguar, quizá todo tuviera una relación.

Como adición a todo esto debo agregar que esto fue un regalo de un amigo muy cercano. Él sabía de mi gusto por oriente y cuando no presentamos nuestras tesis de grado (porque nos graduamos juntos), tuvo el detalle de traerme esta belleza. Yo nunca le correspondí con un acto similar.

sábado, 5 de octubre de 2019

Reseñas recuperadas - El arcoíris de la gravedad de Thomas Pynchon


Reseñas recuperadas es el repost de viejos escritos que encontré en la nube sobre libros que he leído, comentarios inocentes sobre novelas y cuentos, siempre hablando desde la ignorancia. Una mirada a lecturas pasadas sin realmente leer otra vez.




Es una monstruosidad de mucha gracia y raro goce. La novela tiene la función de un adefesio. ¿Cuál es la función de un adefesio? Molestar. Molestar a los no adefesios. Molestar con su imperfección, con ruptura de todo canon y sanidad. El adefesio se arrastra sobre la baldosa produciendo un incómodo pero inevitable sonido como de carnes apretándose la una contra la otra, chorros de materia que vuelan verdes hasta las paredes. Cuando sabemos que se acerca no podemos evitar voltear la mirada y decir: "¡Oh! ¡Llegaste!".

Así pasa con Pynchon. Está en la repisa observando, produciendo un molesto sonido que nos obliga a voltear y mirar. Lo observamos un tiempo, pasamos las páginas con fascinación ante la natural monstruosidad de sus curvas. Sale un poco lo morboso, igual que cuando el monstruo, observamos con cara de asco pero por dentro no queremos más que ver hasta el más pequeño detalle.

Cuando acabé la lectura me pregunté, ¿porqué Pynchon no escribe algo más amable con el lector? Podría, perfectamente, escribir una historia sencilla, que se pueda seguir, que se pueda leer de continuo mientras retiene el lector los nombres, los hechos y la manera en que el autor lo ha dicho. Pynchon tiene la maestría suficiente como para hacer eso. Recuerdo una parte de su novela, cuando Roger México lleva a su chica en el automóvil y decide detenerse, aunque esté en contra de sus creencias, sus principios y sus costumbres, en una capilla en donde un montón de adultos "celebran" la navidad. Cantan suavemente, en un tono lúgubre, las canciones propias, esos villancicos que en voz de niño tanta alegría causan, cantan a coro un negro de voz profunda y un blanco chillón, se dejan solos, guardan los silencios. Es una escena espectacular en donde el sentimiento brilla por la ausencia de infantes, todos alejados de la ciudad por culpa de la guerra. Se retrata la soledad, la destrucción humana, no necesariamente relacionada con la destrucción material o la muerte.

¿Por qué no escribir así toda una obra? ¿Por qué no dar al mundo una sencilla novelita llena de esos sentimientos?

Dirán algunos que El arco iris de la gravedad es un espacio en donde Pynchon se explayó y demostró todas sus capacidades, fanfarroneó de su poética, estilo y conocimiento. Yo me aventuraré a decir lo contrario. El arco iris de la gravedad es una novela irresponsable, sin motivo particular, una novela escrita sin compromiso y que se lee solo cuando hay demasiado compromiso. El empleo de leerla nace del desempleo de hacerla. ¿Cuánto tiempo se gastó en la escritura de este libro? ¿Qué tipo de esfuerzo realizó para completarlo? Quizá por eso envió al comediante a recibir el premio que le otorgaron por la novela, porque no era enserio, por que era una broma muy mala que le salió bien, por más de que se hubiera esforzado para que le saliera mal.